El partido entre la Selección argentina e Inglaterra logró lo que ninguna crisis política reciente pudo: detener por completo el motor del Estado. En un país donde las urgencias sociales y económicas se apilan a diario, funcionarios y legisladores de todo el arco político vaciaron sus agendas oficiales. La justificación fue insólita: alentar al conjunto nacional en horario laboral.
El circo mundialista como anestesia social
El colmo de esta situación fue protagonizado por la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), que solicitó formalmente un asueto administrativo a partir de las 13 horas. Argumentaron que el encuentro superaba el marco estrictamente deportivo, apelando a una épica que intentaba justificar el ocio pago con fondos públicos.
Aunque el gobierno nacional rechazó la solicitud para evitar un costo político, en la práctica, el resultado fue idéntico. Los despachos amanecieron vacíos y el Congreso suspendió el tratamiento en comisiones clave que exigían resolución inmediata.
Esta postal de abandono de tareas refleja una tremenda y absurda exageración. Mientras el país atraviesa profundas turbulencias financieras, la dirigencia parece permitirse el lujo de postergar responsabilidades ineludibles.
Lamentablemente, gran parte de la sociedad, anestesiada por el fervor deportivo, termina ignorando o perdonando este ausentismo. El fútbol no puede ser el somnífero perfecto para adormecer el juicio crítico de una ciudadanía que necesita, más que nunca, respuestas concretas de quienes conducen el país.