Axel Kicillof desembarcó en Córdoba con la mira puesta en 2027, buscando trascender el AMBA y seducir al peronismo federal. Sin embargo, el dato político central fue el desplante de Martín Llaryora. El gobernador cordobés aplicó la "lógica del vacío": al evitar el encuentro, clausuró cualquier posibilidad de mostrar un frente común.
Mientras Kicillof intenta sacarse la etiqueta "K" para proyectarse nacionalmente, Llaryora protege su capital político. El mandatario cordobés mantiene un perfil autónomo frente a Javier Milei y evita quedar pegado a la gestión bonaerense, marcando los límites de la unidad opositora de cara al futuro electoral.