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Siete años de vacas gordas y siete años de vacas flacas

Para evitar que se cumpla la cita bíblica, el país necesita contar con otras alternativas de ingresos –aparte de mantener y mejorar el actual sistema agroexportador – como por ejemplo potenciar la industria pesada, la megaminería y el desarrollo nuclear, farmacéutico y tecnológico, entre otros rubros

25 de junio, 2021 - 08:06

Cuenta la Biblia que el faraón de Egipto había soñado que se encontraba en las riberas del Nilo y que siete vacas gordas pacían en su orilla. Luego vio cómo salían del agua otras siete vacas, pero flacas, que se devoraban a las primeras. Al despertarse, el faraón empezó a sentirse angustiado por sus sueños por lo que consultó a sus asesores, más ninguno pudo darle una buena explicación.

Uno de ellos recordaba a José, un esclavo judío con quien había compartido la cárcel tiempo antes y que era reconocido por saber interpretar los sueños de otras personas. El faraón lo mandó llamar y le contó sus sueños y José respondió a su vez que las siete vacas gordas representan años de abundancia y las flacas, siete años de hambre.

Todos quedaron conformes con las palabras de José. Tanto, que el propio faraón, impresionado por ello, lo puso a José a cargo de la administración de su casa real. Honrado con el puesto, éste mandó construir inmensos graneros para los granos cosechados durante esos años de abundancia, de tal modo que cuando llegaron los años malos, el faraón pudo contar con esas reservas para alimentar a su pueblo y que este no pasará hambre.

No es lo nuestro la exégesis bíblica. Pero no dejamos de ver interesantes enseñanzas en esta historia. ¿Acaso no son muchos los economistas modernos que nos hablan de los ciclos y de las crisis cíclicas de los sistemas económicos?

El tema del millón no parecería ser saber que va a haber crisis, sino cuándo ocurrirán éstas. Un poco con sorna, el reputado historiador económico Niall Fergusson suele decir que sus colegas economistas han pronosticado veinte veces la última crisis económica.

Sea como sea, no son pocos los que hoy vuelven a hablar de que se vienen años de vacas flacas. No apelan a la economía para ello, sino a las consecuencias del cambio climático. Al respecto, la ONU alertó sobre una nueva “pandemia” para la que no existe vacuna, una pandemia de hambre.

Concretamente, hace pocos días, en el marco del Día de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, publicó un informe especial sobre la sequía 2021 en el que advierte, entre otras cosas, sobre el impacto de la desertificación y la sequía. Un fenómeno que puede afectar a muchas zonas del mundo, incluida la nuestra, y que está perjudicando los ecosistemas y la calidad de vida de los países más golpeados.

En el mismo se detalla que las sequías ya provocaron pérdidas económicas de al menos de US$ 124.000 millones a más de 1.500 millones de personas entre 1998 y 2017, pero incluso afirma que estas cifras están –probablemente– subestimadas, y agrega que todo empeorará con la creciente escasez de agua.

En pocas palabras lo sintetiza Mami Mizutori, representante de la ONU para la Reducción del Riesgo de Desastres, en una rueda de prensa al asegurar que “la sequía está a punto de convertirse en la próxima pandemia y no hay vacuna para curarla”.

Nada nuevo y que nos debería sorprender a los mendocinos, ya que como sabemos y lo hemos explicado, vivimos en un oasis en el desierto. Al respecto, ver ‘Geopolítica para el oasis mendocino’ y ‘Geopolítica para el oasis mendocino II’.

Para empezar, sabemos que una gran sequía en la Argentina no sería, precisamente, lo que se denomina un cisne negro, sino un desastre anunciado.

Para seguir, nos preguntamos qué es lo que hay que hacer al respecto. Por ejemplo, si hay que mantener el actual sistema agroexportador como la fuente principal y casi única de nuestra riqueza.

La no tan obvia respuesta es que no, y lo es por varias razones, ya que si bien la Argentina ha sido bendecida por Dios y por la Naturaleza con extensas y ricas tierras de cultivo, nos surgen dos objeciones.

La primera es que, como acabamos de ver, esto bien puede no durar por siempre. Y la segunda, aunque así sea, se nos presenta como muy peligroso disponer de abundante comida en un mundo que comienza a sentir hambre y a nosotros sin los medios adecuados para defendernos.

Por lo tanto, deducimos que, sin menoscabo de incrementar en todo lo que se pueda nuestra producción agrícola, es menester completar nuestra matriz productiva con industria pesada, megaminería y desarrollo nuclear, farmacéutico y tecnológico, entre muchos otros que pudiéramos mencionar.

Entendemos las quejas de las entidades del campo –entre ellas las de la querida Coninagro– por el salvataje que acaba de efectuar el Gobierno nacional a una empresa metalúrgica mendocina.

Pero no estamos de acuerdo con una cuestión de fondo: la Argentina no sólo necesita que su campo sea rentable y que vaya multiplicando la superficie cultivada año tras año, ya que con ello solo alcanzará para una prosperidad de potrero verde. A la par necesitamos caminos, ferrocarriles, una flota mercante y muchas otras cosas más.

Pero también necesitamos, para poder hacerlo con seguridad y con tranquilidad, de aviones, tanques y buques de guerra que, llegado el caso, puedan defender esa riqueza natural.

Para seguir con los faraones egipcios, vamos a terminar recordando a Ramsés II, el más famoso entre ellos. Cuando al frente de un rico imperio, se vio amenazado por los simples pero aguerridos hititas que se presentaron con armas de hierro frente a sus murallas, sus ricas tropas fueron derrotadas con facilidad, ya que sólo disponían de armas de bronce.

Hoy nuestras industrias son como espadas de bronce. Cortan poco y mal. No podemos esperar más para templarlas con el mejor acero.

 

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.