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Una guerra que asesina y hace retroceder el tiempo

El pueblo ucraniano sufre lo indecible y está solo frente al gigante invasor, y el heroísmo para defender la patria, aunque loable y digno de admiración, solo promete más destrucción y muerte

27 de febrero, 2022 - 11:44

Las muertes, vejaciones y destrucción de las guerras contemporáneas han dejado de ser una mera estadística o recuento de daños para convertirse en un factor de conmoción cada vez más evidente en un número creciente de personas en todo el mundo.

La instantaneidad de las comunicaciones formales y las redes sociales han puesto al alcance de mucha gente las imágenes de la tragedia humanitaria que conlleva una guerra de cualquier tipo y del lugar del mundo que provenga.

Es cierto que las matanzas, exilios y hambrunas que hace tiempo ocurren y continúan en Siria, Sudán, Afganistán, norte de Etiopía, entre otros, pierden sus espacios en las primeras planas y en las principales noticias, hay organizaciones humanitarias que están pendientes de eso y procuran siempre atraer la mirada de la gente y promover toda la ayuda posible.

Claro que nunca será suficiente si no se toman las decisiones políticas para que cesen esas calamidades causadas por el ser humano.

Hoy es Ucrania, como víctima de una anacrónica invasión por parte de Rusia, lo que pone al mundo los pelos de punta ante la percepción de que no se trata de una guerra más, lejana y posible que en poco tiempo se llegue a un acuerdo de alto el fuego negociado o algo parecido a una rendición. Sino una aventura armada que desafía el poder de reacción y decisión de la OTAN con todo su arsenal nuclear y convencional, encabezado por Estados Unidos.

Comparada con la estrategia desplegada por la extinguida Unión Soviética durante la guerra fría, y con freno del terror al holocausto nuclear que impedía la iniciativa de atacar por parte de las dos superpotencias, hoy Vladimir Putin sorprende al mundo con una acción propia de expansión del Imperio Ruso de plena época de los zares.

Pero cabe aclarar que los éxitos bélicos de la historia rusa fueron siempre contra contendores más débiles y no en todos los casos hubo éxito asegurado. Muchos ejércitos se aventuraron a atacar al gigante euroasiático y fueron vencidos no por la inteligencia o la eficiencia de los mandos rusos sino por el heroísmo patriótico del pueblo o la ayuda externa.

La Rusia zarista y después la soviética, pudieron mantener sus estados vasallos y oprimidos solo por la fuerza y como resultado de los pactos internacionales que dividieron al mundo desde principios del siglo XIX hasta mediados del siglo XX.

El componente ideológico tuvo enorme influencia después de la Segunda Guerra Mundial, pero no dejó de lado los crecientes intereses económicos, comerciales y hegemónicos de las potencias, que nunca dejaron de lado el principio de la defensa y protección del “espacio vital”.

Adentrado ya el siglo XXI, estábamos siendo espectadores de una guerra muy particular, pero no menos peligrosa, entre Estados Unidos y China, que, en lugar de proferirse amenazas militares, competían por tener cada vez mayor influencia en la economía y el comercio mundial.

Salvo la tensión constante entre Beijing y Washington por mantener a Taiwan en su estatus actual o que retorne a ser parte de la República Popular China, los roces no pasarían de fintas para ver quién saca mejor partido.

Nada es tan simple como se dice aquí: los chinos y los norteamericanos tienen cuitas internas que a la larga o a la corta pueden desestabilizar los cimientos que sostienen sus sistemas políticos y económicos.

Si es por dominio o influencia territorial, Estados Unidos tiene muchos más puntos en el planeta donde está presente con sus fuerzas armadas aparte del inmenso despliegue en los mares de flotas propias o aliadas. China, en cambio, despliega su elemento más poderoso: su presencia étnica en un amplio abanico de actividades que alto poder de influencia.

Ante este panorama, Vladimir Putin parece no resignarse a ser una superpotencia de segundo orden, más por su debilidad económica y capacidad de influencia que por su arsenal, y se lanza a aplicar su libreto ya conocido: asegurarse un escudo de protección territorial mediante el dominio de los países que lo circundan.

La fórmula es la de la típica brutalidad que siempre desplegó el Estado ruso, sumando también la trampa y la deslealtad al violar tratados internacionales y convenciones que intentan hacer más “humanitaria” a la guerra.

La matanza de inocentes, la destrucción de viviendas y bienes esenciales para la subsistencia del pueblo ucraniano es la moneda que muestra Putin en esta mentira descomunal que es defender de un supuesto genocidio contra al pueblo rusoparlante asentado en territorio ucraniano.

Esta invasión tiene un día y hora de comienzo, pero hoy no se sabe cómo y cuándo terminará ni qué secuelas finales dejará. Lo que está dejando en evidencia es la debilidad de las organizaciones internacionales y la falacia del equilibrio del poder y el respeto a la paz y al derecho de los pueblos que se proclamó allá en 1945, cuando se creía que no habría más guerras después de la tragedia hitleriana.

El pueblo ucraniano sufre lo indecible y está solo frente al gigante invasor, y el heroísmo para defender la patria, aunque loable y digno de admiración, solo promete más destrucción y muerte. Hasta ahora ningún Estado está acudiendo realmente en su ayuda.