El Mundial 2026 ya es una realidad y México lo vive como una auténtica fiesta nacional. Con su selección logrando un histórico triunfo de tres a cero en la primera fase, las calles de las ciudades anfitrionas están completamente revolucionadas por hinchas locales y extranjeros, desde colombianos hasta surcoreanos, que tiñen de color cada rincón.
Entre la tradición, la seguridad y la inflación mundialista
La pasión mexicana tiene sus propias reglas. Para evitar el caos de tránsito en urbes de gran escala como Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara, muchas oficinas públicas y privadas han declarado días de asueto completo durante los partidos de "El Tri". Lejos de los estadios, la tradición manda: los vecinos cierran las calles, sacan pantallas gigantes y comparten la transmisión en comunidad, acompañados de comida típica, cervezas y tequila.
Sin embargo, vivir el Mundial de cerca tiene su costo. Si bien los alojamientos han comenzado a estabilizarse tras una disparada inicial, los precios de las comidas y bebidas en el Fan Fest oficial de la FIFA son hasta un 500% más caros que en el resto de la ciudad.
En cuanto a la experiencia dentro de los estadios, los controles son severos. Se exige el ingreso exclusivo con mochilas y bolsos transparentes, y está terminantemente prohibido el uso de cámaras profesionales, encendedores o cualquier objeto punzante. Es una medida estricta que busca garantizar que la copa del mundo sea un espacio puramente de celebración.