Ante la caída sostenida del consumo per cápita tradicional, la industria vitivinícola argentina encontró un salvavidas inesperado: el vino sin alcohol. Impulsado por tendencias globales como el "Dry January" en Europa y una creciente demanda de opciones saludables, este producto dejó de ser una rareza para convertirse en un negocio rentable.
Aunque el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) tardó casi un año en regular su categorización, las bodegas locales ya exportan miles de cajas. Elaborado a partir de vino terminado que luego se desalcoholiza, se ofrece principalmente en variedades blancas y rosadas o como espumante.
El objetivo no es seducir al enólogo purista, sino ofrecer una alternativa natural, sofisticada y festiva para conductores designados, embarazadas o consumidores de mercados emergentes como India y Medio Oriente.