El 20 de marzo de 1861 marca un antes y un después en la historia mendocina. Aquel miércoles de ceniza, un terremoto de aproximadamente 7.2 grados en la escala de Richter arrasó con la antigua ciudad colonial. Según explicó el periodista Enrique Villalobos en Círculo Político, el desastre se cobró la vida de entre 4.000 y 6.000 personas, lo que representaba un tercio de los habitantes de aquel entonces.
La tragedia no solo destruyó edificios, sino que generó un profundo debate sobre dónde reconstruir la capital provincial. Finalmente, se optó por el actual emplazamiento, diseñado por el ingeniero Julio Balloffet con un trazado de plazas simétricas para garantizar la seguridad ante futuros sismos. Hoy, las Ruinas de San Francisco permanecen como el único testigo visual de una Mendoza que desapareció bajo los escombros pero que supo renacer con una fisonomía moderna y resiliente.