Durante la última dictadura militar en Argentina, la represión tomó formas diversas, extendiéndose incluso al ámbito del deporte y la vida social. Bajo el mando del intendente de facto Osvaldo Cacciatore, se ejecutó un plan de reordenamiento urbano que priorizó el negocio inmobiliario y la fragmentación social por sobre el arraigo popular. En este contexto, clubes históricos fueron obligados a abandonar sus sedes, rompiendo el vínculo fundamental entre la institución y sus vecinos.
El destierro forzado y el negocio de la tierra
El caso más emblemático de este proceso fue el de San Lorenzo de Almagro y la pérdida del Viejo Gasómetro en Boedo. Mediante presiones económicas asfixiantes y normativas urbanas arbitrarias, el club fue empujado a vender sus tierras, que terminaron en manos de una cadena de supermercados. Sin embargo, no fue un caso aislado. Entidades como Almagro, Riestra y el Club Atlético San Telmo también sufrieron el asedio de un Estado que veía en los espacios asociativos un peligro para su proyecto de orden y control absoluto.
Este proceso de "higienización" urbana buscaba eliminar los focos de encuentro comunitario en los barrios del sur y el centro porteño. La expropiación y el traslado forzoso no fueron errores de planificación, sino una estrategia deliberada para desarticular la identidad colectiva y favorecer la especulación privada. Muchos de estos terrenos permanecieron vacíos o subutilizados durante años, demostrando que el objetivo final era el castigo a la organización popular. Hoy, la lucha por la restitución de estos predios representa un acto de resistencia cultural y un reclamo de memoria, verdad y justicia. Recuperar el lugar en el barrio es, en esencia, devolverle a la comunidad su derecho soberano a la historia.