Por Ciudadano.News
16 Marzo de 2020 - 07:10
Todo se derrumbó como esos castillos que nuestros niños hacen en la arena y el viento termina de pulverizar, como que allí no hubo nada. Las potencias militares del mundo, los conflictos religiosos y fundamentalistas.
Las grandes triquiñuelas entre los poderosos de la economía mundial, la pobreza y la riqueza. Todos, bajo el oscuro paraguas de un virus que volvió tortuosa fatalmente la vida a la humanidad.
Ahí donde todo lo que tiene el hombre no vale nada, inclusive y por sobre todo, su propia vida.
Ahora, nuevamente está toda la comunidad médica, científica y de investigación del mundo trabajando contrarreloj ante “algo” que para nada se detiene en infectar y matar.
Los mismos seres de la ciencia del mundo que por estos días, sí se los está escuchando y hasta se les ruega que encuentren alguna vacuna que pare el avance del COVID 19.
Los mismos seres que vienen advirtiendo al hombre que su irresponsable manejo sobre la naturaleza, con avasallamiento despreciable, podría tener consecuencias apocalípticas.
La aparición en escena de coronavirus fue un relámpago, cuando en una mañana de diciembre del año pasado, el hombre se despertó con la noticia que en una zona de 11 millones de habitantes de la poderosa China, apareció un virus que es letal y de propagación muy rápida.
Tanto que al caer la noche del mismo día había arrasado con toda una región. Tanto que las autoridades de ese país no podían dar ya respuestas médicas a quienes presenciaban la muerte cada vez más cercana.
Tras eso y en cuestión de semanas el coronavirus ya era de conocimiento y sufrimiento de otras regiones del planeta.
Todo habría comenzado con una cadena de contagios que nació de la transmisión de un murciélago a un animal llamado pangolín y de éste al hombre.
En un lugar donde sus habitantes consumen comidas exóticas y aplican medicinas en base a cuestiones de la naturaleza, como el pangolín. No faltó quien colocara sospecha en armas químicas que no necesitan guerras para ser lanzadas con saña de una superpotencia a otra.
Y así otras tantas elucubraciones, que por todo lo que nos está ocurriendo ya no interesa saber cuál es el origen. La pandemia está entre todos nosotros, moviéndose sigilosamente de un lado a otro en primera o clase turista de esos aviones que se han transformado en su mejor elemento de transmisión.
El invierno 2020 está dejando el otro lado del mundo, con un poco de respiro y oportunidades de pelearle al COVID 19.
Pero se avecina por estos lares con el inmenso peligro que ello significa. Y la pregunta, ¿qué haremos y cómo lo haremos? es importante hacerla en voz alta y sin especulación alguna.
Esto no es la terrible gripe “A” que nos movió a todos, sin distingos. Este virus es más letal y por lo que se ve no tiene miramientos a la hora de exterminar a un ser humano.
De pronto todos en el mundo estamos en la misma línea de supervivencia, ni debajo, ni sobre ella, en la misma línea.
De nada sirve habitar zonas ricas o zonas pobres. Confortables lugares con alimentos o zonas sin agua y profundas hombrunas. La pandemia nos devora a todos por igual, sin permitirnos siquiera que nos demos un fuerte abrazo o besemos a nuestros seres amados.
Nos está aislando para curarnos o morir, prohibiéndonos de disfrutar todos ese ámbito donde nacimos, crecimos y nos desarrollamos. Cortando la comunicación entre seres humanos, lo contrario sería acelerar los padecimientos que produce, contagio y eventualmente la muerte.
Aquí hay algo más que un desmadre de la vida en el planeta. Debe haber, sin lugar a dudas, un mensaje complejo de decodificar, pero mensaje al fin.
Solo resta esperar y nada más que esperar, quienes superen la pandemia, lo descubran y decodifiquen.
Porque el coronavirus, bicho maldito, algo nos quiso decir con su maratónico paso rasante por la vida de todos los seres humanos.
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