Por Ciudadano.News
12 Mayo de 2025 - 10:44
La ansiedad no siempre es un trastorno. A veces es una señal. Y entender esa diferencia puede cambiar el modo en que la enfrentamos. En un escenario social marcado por la hiperconectividad, la precariedad laboral, el exceso de información y las múltiples exigencias simultáneas, la ansiedad se ha convertido en uno de los síntomas más prevalentes de la vida contemporánea. Lejos de ser un fenómeno aislado, su frecuencia la transforma en una experiencia transversal que afecta a personas de diversas edades, géneros y contextos, detalla la Psicología.
Pero no toda ansiedad es patológica. Según el psicólogo y escritor Buenaventura del Charco, el problema comienza cuando dejamos de escuchar lo que la ansiedad intenta decirnos y pasamos directamente a combatirla. "Nos han enseñado a temerla, a verla como un fallo", explica. "Pero la ansiedad no es otra cosa que el cuerpo intentando protegernos".
¿Qué es la ansiedad y por qué aparece?
Desde un punto de vista fisiológico y evolutivo, la ansiedad es una respuesta de activación del sistema nervioso ante una amenaza percibida. Nos prepara para actuar: huir, defendernos o resolver. Esta reacción, que alguna vez fue clave para la supervivencia, hoy se dispara frente a desafíos más abstractos: el rendimiento laboral, la incertidumbre económica, la presión social o el miedo a no estar a la altura.
Cuando se presenta de manera puntual y contextualizada, la ansiedad puede ser adaptativa. Nos advierte que algo merece atención.
Pero si se vuelve crónica, desproporcionada o se activa incluso sin causas visibles, puede dar lugar a lo que la medicina reconoce como trastornos de ansiedad: desde el trastorno de ansiedad generalizada hasta los ataques de pánico, las fobias, el trastorno obsesivo-compulsivo y el estrés postraumático.
Ansiedad como brújula: una hipótesis incómoda
Del Charco propone un enfoque contracultural: en vez de combatir la ansiedad con técnicas de control, sugiere interpretarla: "Antes de correr a meditar o hacer ejercicios de respiración, pregúntate qué parte de tu vida estás forzando. ¿Qué estás tolerando que no elegiste? ¿Qué te da miedo fallar?".
Este enfoque introspectivo traslada el foco desde la gestión del síntoma hacia la comprensión del origen. No se trata de negar el malestar, sino de transformarlo en un indicador emocional, una brújula interna que marca tensiones no resueltas.
Este tipo de abordaje conecta con líneas terapéuticas contemporáneas como la terapia de aceptación y compromiso (ACT) y la psicología humanista, que priorizan el autoconocimiento y la integración emocional por encima de la supresión de síntomas.
La soledad como amplificador de la ansiedad
Otro de los factores que contribuyen al aumento de la ansiedad es la soledad no deseada. Del Charco, en una reciente entrevista, advirtió que el aislamiento social sostenido tiene efectos graves sobre la salud. "Hay estudios que demuestran que estar crónicamente solo acorta la vida, tanto como fumar un atado de cigarrillos al día", afirmó.
Esta relación entre desconexión social y deterioro físico-emocional pone en evidencia cómo el malestar psíquico suele estar profundamente entrelazado con lo vincular.
En contextos urbanos, donde las interacciones son cada vez más fragmentadas y efímeras, el acompañamiento emocional se vuelve un recurso escaso. Esto puede agravar no solo la ansiedad, sino también cuadros depresivos, insomnio o trastornos del estado de ánimo.
Reencuadrar la ansiedad: una oportunidad para la salud mental
Hablar de ansiedad sin patologizarla implica un giro en la narrativa cultural sobre la salud mental. Esta nueva mirada propone no solo aliviar los síntomas, sino escuchar lo que subyace. La ansiedad puede ser la forma en que el cuerpo y la mente expresan que estamos sosteniendo demasiado, que hemos dejado de habitar nuestras decisiones o que estamos viviendo desde el deber y no desde el deseo.
Para muchos profesionales de la salud mental, este enfoque no reemplaza tratamientos clínicos cuando son necesarios, pero sí complementa una visión más integral. Entender la ansiedad como un mensaje —más que como un mal a extirpar— puede abrir caminos terapéuticos más sostenibles y menos medicalizados.
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