Por Enrique Villalobo
17 Agosto de 2022 - 07:47
José de San Martín, había combatido en tierras ibéricas y africanas. Alguna historiografía dice que estuvo presente en reuniones de oficiales españoles tanto con Napoleón Bonaparte como con el Duque de Wellington.
Poco se sabe de la compra del famoso sable de estirpe sarracena en un comercio de Londres y todas son conjeturas y afirmaciones sobre su real vinculación tanto a la Logia Lautaro, como su devoción católica.
Sin embargo todo se opaca cuando se toman en cuenta los diez años de su vida que le entregó a la libertad americana casi sin pedir nada a cambio y se retiró con la humildad de un grande para retornar a su tierra ingrata y mezquina, que no lo supo cobijar y debió terminar en el exilio por los incordios de la pequeñez moral de los políticos del puerto.
Honremos entonces la memoria y busquemos en la historia modelos para sostener el orgullo de que el Libertador quiso ser mendocino.
Imaginemos ahora que en el último intento de atrapar la luz con sus ojos velados, en aquella tarde de verano en Boulogne Sur Mer, Don José añoró la tórridas siestas cuyanas, las heladas noches de la cordillera o el brevísimo paso por la apacible chacra de Los Barriales.
Esos son motivos suficientes para que los mendocinos debamos recoger ese honor y esa responsabilidad histórica que nos dejó el gran hombre, hacer de Mendoza la tierra de San Martín, la que lo evoque en su dimensión de militar estratega y de gobernante, de padre y vecino altruista, de maestro amante de la educación y la cultura, y de duro e implacable guerrero.
A más dos siglos de su presencia en esta provincia no ha sido superado en la dimensión de su obra libertaria de territorios, de espíritus y de inteligencias.
Pensemos entonces en una Mendoza diferente porque desde la rebeldía de su gobernador intendente de 1817 y de la visión de sus contemporáneos como Godoy Cruz, Maza, la entrega del Tropero Sosa, el ingenio de Luis Beltrán, entre otros, se trazó un camino de cultura del trabajo, del desarrollo incipiente de la industria vitivinícola y de apertura comercial hacia Buenos Aires y Chile, logros que no debemos perder para honra de San Martín. Esos fueron los valores que quedaron después de la gesta libertadora, después que callaron los cañones de la independencia y que nos deben servir en el interminable tiempo para la construcción de una nación y la génesis de un pueblo que haya podido aprender algo de este hombre.
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