En una reciente columna del programa El Interactivo, el periodista Fernando García analizó una dura realidad que golpea a las nuevas generaciones: la imposibilidad económica de proyectar un futuro a mediano y largo plazo.
Un informe global de Deloitte, realizado a más de 22.500 jóvenes en 44 países, confirma que la presión económica está obligando a postergar decisiones vitales.
El contrato social roto
Históricamente, el esfuerzo, el estudio y el trabajo garantizaban cierto progreso, como independizarse, formar una familia o adquirir bienes. Sin embargo, los datos actuales encienden alarmas.
Según el informe, el 55% de la Generación Z y el 52% de los millennials han retrasado la llegada de su adultez tradicional por falta de estabilidad financiera.
El dato más crudo recae sobre el acceso a la propiedad: el 51% de los centennials y el 40% de los millennials aseguran que hoy no pueden comprar una vivienda.
Tal como se debatió en el programa, el aumento sostenido del costo de vida es la principal preocupación para estas franjas etarias. De hecho, un 34% de los jóvenes encuestados reconoce tener problemas mes a mes para cubrir gastos básicos como alimentación, pago de servicios o transporte.
Esta crisis global se traduce en lo que se definió como un contrato roto. La certeza de que trabajar duro derivaba en la compra de una casa ha desaparecido, dejando a una fuerza laboral activa atrapada en alquileres sofocantes y lidiando con la frustración de una adultez que parece económicamente inalcanzable.