Por Enrique Villalobo
20 Octubre de 2024 - 08:30
Aunque parece pasado de moda hablar de partidos en política es necesario analizar y rever el papel de estas agrupaciones en la forma en que se le da vida a la democracia tal como la conocemos o como debería funcionar.
Loa hechos cotidianos de los dirigentes políticos son el ejemplo claro de que no aciertan a conducirse de acuerdo con las normas democráticas en las que la libre discusión de las ideas, incluso confrontándolas, se imponen con el voto popular.
El formato más frecuente, y diría casi excluyente es el movimientismo, aquel sistema en que todo se aglutina detrás de una idea, un proyecto, que generalmente inspira un personaje.
No hace falta escarbar mucho en la historia de la Argentina para buscar los ejemplos viejos y además ver los intentos más cercanos en el tiempo de remedar aquellas supuestas epopeyas.
Por ejemplo, después de afianzado en el poder presidencial Juan Domingo Perón creó el Partido Peronista y después su división femenina. Pero después de su derrocamiento en 1955 se concibió la idea del Movimiento Nacional Justicialista, dentro del cual estaba incluido el PJ, las 62 Organizaciones Peronistas y otras organizaciones.

Si bien siempre fue por dentro de las instituciones el MNJ nunca fue un fanático de ellas, las únicas que valoró fueron las propias. El partido sólo fue un instrumento para participar en las elecciones y no concebía otro resultado que el triunfo.
Si se habla de los intereses que representa, el movimiento abarca a todos, si de algo se jactó siempre el peronismo es el de contener a todos, desde la derecha más nacionalista y violenta hasta la izquierda más extrema y también violenta.
Entre dos fuegos
La tragedia de los '70 fue una lucha interna entre facciones bajo la debilitada presencia de un líder enfermo y con la muerte ya cercana.
Incluso en el derrocamiento de Isabel también intervinieron influencias peronistas dentro de unas fuerzas armadas impregnadas por valores y objetivos cercanos al peronismo pero que nunca los supieron procesar.
La idea de movimiento no fue solo peronista, lo podemos observar en los orígenes del radicalismo, que si bien se afianzó en las masas con Leandro Alem e Hipólito Yrigoyen, siempre estuvo cerca de los sectores ilustrados pero sin perder el origen popular ávido de libertad y democracia.

Con Marcelo de Alvear penetró en las clases medias altas las que percibieron el modernismo de unas ideas que reconocían en que siendo libres sería más fácil afianzar una república progresista.
Pero todo lo que pudo ser no ha sido y lo que debería ser aún no lo es porque muy pocos han sido capaces o han querido sacar de los modos políticos la admiración y el gusto por sentirse alguna vez una suerte de movimiento nacional y popular.
Raúl Alfonsín, admirado y valorado después de vencido y muerto, nos habló de "tercer movimiento", idea poco compatible con un dirigente socialdemócrata y firme sostén de la república.

Sin enunciarlo claramente lo que pasa en el presente con la forma de llevar adelante y concretar las ideas o los intereses es lo mismo, no hay lugar para la disidencia, el que piensa diferente no entra en el proyecto y mucho menos se lo escucha.
Lo hemos visto y lo vemos en un cristinismo que no se resigna a quedar sin protagonismo, pero que para avanzar debe meter a todos los sectores adentro, y este año le han salido algunos rebeldes. Habrá que ver como se sostienen fuera del eje y hasta cuándo dura esa rebeldía.
En la versión mileísta de La Libertad Avanza no se ubican frontalmente contra el peronismo y no desdeñan la figura de la "pata peronista", por algo personifican en la indefinible "casta" todos los males de la Argentina.
En el encuentro Villarruel-Isabel no sólo habrá que ver un desafío a Milei y según Patricia Bullrich un acto de "ingratitud", si no también un efecto simbólico para demostrar que en el mundo libertario la más recalcitrante derecha peronista puede tener lugar.

Pocos en las nuevas generaciones portan la influencia de los años de represión y muerte, por fortuna han percibido solamente la libertad.
Eso es bueno y malo a la vez, uno, porque con suerte valoran el libre desarrollo de las ideas; lo otro porque pueden confundir el orden necesario con la paz de los cementerios y repetir la historia.
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