Por Enrique Villalobo
23 Marzo de 2025 - 08:50
Mañana se cumplen 49 años de la fatídica madrugada en que con el comunicado número uno de la Junta Militar comenzaba la tragedia que todavía enluta a miles de familias y nos puso enfrente las consecuencias del desprecio por los valores de la democracia y la libertad.
La generación de entonces ya no es protagonista del presente y está en retirada quedando solo algunos para dar testimonio, subjetivo por supuesto, de lo que nunca debió ser pero que tendría que habernos enseñado.
Al parecer no fue así. Quizá solo el miedo que de tanto y tanto invocarlo se vuelve atávico nos hace sentir que la pérdida total del respeto mutuo y de la virtud republicana nos puede llevar otra vez al abismo de la dictadura.

Hemos sufrido varios ensayos de sistemas económicos que nos han dejado en muy malas condiciones, es innegable. Hemos visto pasar una comparsa de saltimbanquis de la política que nos abrumaron de promesas, nadie lo contradice.
A poco del medio siglo de recuperadas las instituciones vuelven a prometernos que ahora sí va en serio, puede ser, así lo afirmaron el 10 de diciembre de 2023, y la mayoría que lo había consentido siguió y sigue haciéndolo, caso extraño en la Argentina del siglo XXI.
Pero como ley de la vida que es, el tiempo y las metidas de pata destiñen todo lo que al principio brilla. Pero resulta que ahora no hay mucho margen para volver a probar cuando estamos a muy poco tiempo de iniciar una nueva travesía.
Máxime si la oferta no ha mejorado casi nada y la causa de los errores actuales está vivita y coleando en la vereda de enfrente, en el medio de la calle y en cordón de la vereda del patrón actual.

Desde el peronismo reconocible se sigue insistiendo en la misma perorata: la culpa la tiene todo lo que no huela a la franquicia fundada por el General hace 80 años. Lo comprobamos cuando Cristina repite la misma letanía contra quien corresponda; cuando Axel Kicillof se rebela, pero le da vértigo caminar solo.
El inefable Guillermo Moreno se dice el único ungido pero admira la añoranzas militaristas de Victoria Villarruel y la considera de los suyos. Y uno de los más recientes de la juventud sub60, Santiago Cúneo, reivindica la sangrienta mazorca rosista en los símbolos (La bandera azul y blanca con sol naranja y gorros punzó en los ángulos) que impuso aquella tiranía.
Pero el votante peronista, humilde, sincero y disciplinado, votará lo que más se acerque a lo que perciba como popular y nacional.

Y así, mientras tanto la clase media alta, la que sí es media y la que se cree tal por no resignarse a percibirse pobre, que en general nunca se afianzó como motor dinámico de la Argentina sigue en la queja, en la duda, en la incertidumbre, por la incapacidad de leer una realidad que se complejizó demasiado.
Votó derecha sin conocer todas las variantes, votó liberal cuando hasta no hace mucho denostaba el término y no lo valoraba pero sigue rogando que el dólar se quede quieto y que la inseguridad la haga salir en la TV.
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