Por Enrique Villalobo
27 Octubre de 2024 - 11:00
La promesa de cambio que se impuso durante el proceso electoral de 2015 además de colocar ese verbo sustantivado en la etiqueta no estaba exponiendo el ingenio creativo de los mentores de aquella campaña electoral, sino que estaba asumiendo un hecho inminente en la política argentina.
El uso casi abusivo de la palabrita no se reflejó en los hechos durante el gobierno de Mauricio Macri cuya gestión culminó en una gran frustración para muchos argentinos que se venían nuevos tiempos en los que se iba a superar la década de populismo corrupto y mentiroso.
El período de Alberto Fernández va quedando como una mancha borrosa en la que se destaca la acusación de Fabiola que se dirime en la Justicia y que hace más olvidable ese nefasto gobierno.
Ahora el cambio viene sin que se los que lo propusieron tengan que ver con lo que ocurre ahora.
La irrupción de los libertarios no fue votada tanto por los exabruptos y guarangadas de la campaña sino más bien por el hastío del electorado al discurso agresivo del kirchnerismo y a las mentiras del massismo.
La Argentina y la bomba atómica
Javier Milei enfoca ese supuesto cambio que él pregona en la pelea contra la imprecisa casta y con algunos zarpazos a la idea de Estado.

En suma, el cambio verdadero no viene por el lado de que estamos ante un súbito mejoramiento de la situación social y económica de más de la mitad de los argentinos sino por una dispersión de los partidos políticos en la cual el efecto más evidente es la incertidumbre.
La bronca popular por la inoperancia de los partidos políticos puestos a gestionar el Estado -que es la forma que en occidente conocemos como gobernar- va teniendo como consecuencia la búsqueda de alternativas que pueden estar reñidas con la democracia.
Por el momento dejemos de lado el peligro de que se imponga un sistema autoritario que empiece a restringir libertades, y veamos como el sistema de partidos políticos se está diluyendo y cada vez menos representa los intereses de sectores sociales.
Si bien los conceptos de derecha e izquierda siguen sintetizando los intereses de las distintas clases sociales, la transversalidad se empezó a expresar con la aparición de movimientos que abarcaban todo el espectro conteniendo incluso a los extremos.
Entre dos fuegos
En la Argentina los antecedentes de partidización aparecen con el enfrentamiento entre morenistas y saavedristas a poco de formarse la Primera Junta el 25 de mayo de 1810, sin detenernos en el larguísimo período de la organización saltamos a los finales del siglo XIX.

En ese tiempo se definen las posiciones sobre uno de los debates más importantes la situación de la Provincia de Buenos Aires frente a la Confederación Argentina recién constituida, y luego el problema de la federalización de la ciudad de Buenos Aires.
Las diferentes expresiones de los autonomistas y el surgimiento de una pequeña burguesía urbana producto de la inmigración que desarrolló la necesidad de llevar a lo concreto los preceptos democráticos y republicanos que ordena la Constitución de 1853-60.
Bajo la hegemonía de Julio Roca en el poder político surgieron los partidos, radical primero y el socialismo después. Pero ninguno de los dos estuvo exento de conflictos internos.
Agregamos al peronismo como fenómeno político y sociológico que también tiene su expresión formal en el Partido Justicialista, que, pese a que allí predominan los liderazgos verticalistas también tiene períodos de internismo.
Todo ese esquema de estructuras partidarias a los que la gente adhería o rechazaba está quedando en la casi total irrelevancia. Por hartazgo ante la ineficiencia o porque un mundo hiperconectado hace que el control ciudadano sea mucho más implacable.

Esto no significa que la razón esté asegurada por la multiplicidad de criterios y opiniones que se entrecruzan en las redes.
Es mucho más difícil ahora hacer coincidir criterios y por sobre todo valores, para fijar un objetivo, diseñar un proyecto, que tenga credibilidad y obtener consenso generalizado para llevarlo a cabo.
Estamos en tiempos de pérdida de las identidades partidarias y de la construcción de nuevas entidades políticas más amplias y difusas como los frentes y coaliciones que muchas veces se quedan solo con el fin de ganar elecciones.
El riesgo está en que se imponen liderazgos personalistas exacerbados y autoritarios que terminan pareciéndose demasiado.
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