Por Enrique Villalobo
13 Julio de 2025 - 08:57
Siempre se podrá encontrar un nivel más bajo donde sigue cayendo la política en la Argentina. Hace una semana comentábamos el bochorno de una sesión que se diluyó por una serie de reyertas por cuestiones nimias y enconos personales.
Ahora lo que asoma como un feroz enfrentamiento entre los buenos que hoy gobiernan y los malos que no. En el primer equipo no hay dudas que una diferencia de votos emitidos en el lejano octubre de 2023 otorga licencia para cualquier cosa.
En el otro equipo están los que también ocupan sus lugares por el sufragio de la gente: legisladores de todo origen y color, intendentes que mantienen o ganaron sus cacicazgos y los gobernadores que siguen siendo los que tienen la relación directa con sus gobernados.

Todos tienen legitimidad de origen, las urnas, pero hay una legitimidad que se debe seguir demostrando, la de la gestión, sus resultados y las prioridades que se consideran, al margen de los elogios o diatribas que recibe toda función pública.
Si se confronta un equilibrio fiscal logrado con esfuerzo desparejo por la sociedad, con la urgencia de un discapacitado que pierde su condición humana por falta de atención, o de un anciano que se está muriendo mal alimentado, con frío y sin medicamentos, bueno la discusión no se puede remitir a variables económicas.
Nadie dice con exactitud y despojado de intencionalidad política cuán cerca se puede estar de volver a las precarias condiciones provocadas por la emisión desmedida, la inflación, el gasto incontrolable y la demagogia populista.
La profusión de economistas que pululan por cámaras y micrófonos no logran hacer creíble si la ley sancionada el jueves derriba lo logrado por la política de Toto Caputo, que todavía es frágil, u obliga a agudizar el ingenio y obtener los fondos necesarios de partidas no presupuestadas ni ejecutadas.

Cuando no hay certezas y la ignorancia se enseñorea por despachos, bancas y paneles periodísticos, lo que queda es cada vez más confusión, y entonces las razones se van por un costado mientras las pasiones y la iracundia entran por el otro.
Razones e intolerancia
Cuando los argumentos firmes escasean se recurre a golpes de efecto peligrosos o ridículos. No hace mucho Néstor Kirchner hablaba de actitudes "destituyentes". El recordado club del helicóptero amenazaba a Mauricio Macri con algo similar a la madrugada del 24 de marzo de 1976 o al atardecer del 20 de diciembre de 2001 cuando esos aparatos se llevaron a Isabel Perón y a Fernando de la Rúa para no regresar.
Esta vez se fue más lejos, acusaron al Senado y a los gobernadores de querer dar un golpe institucional, de derribar al gobierno libertario. Acusaron a la vicepresidente a de traidora y una ministro se desgañitaba por las redes "ordenándole" que se retirara para que cayera la sesión.

Victoria Villarruel cedió su lugar y la sesión continuó porque es legítima que una cámara se autoconvoque por mayoría, no era necesaria la presencia de la vice.
También se notó una total falta de idoneidad en los miembros del cuerpo, a tal punto que un pícaro y astuto José Mayans prácticamente manejara la sesión. A lo mejor eso evitó el desmadre con la retirada y las ausencias de libertarios, aliados y oportunistas.
Si bien se cuestionó la legalidad de la sesión del Senado, con el anuncio del veto presidencial se reconoció su validez. Vetarla antes de su promulgación significa que vuelve a las cámaras.
La oposición aspira con optimismo a reunir los dos tercios de cada cámara para frenar el ímpetu arrasador de Javier Milei.
La judicialización prometida por el mandatario es un terreno fangoso, porque la vía debe ser plantear la inconstitucionalidad, y esta vez la ley cumplió los requisitos de la reglamentación parlamentaria.

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