Por Ciudadano.News
27 Enero de 2020 - 07:08
Más allá de los avatares políticos, los económicos, los escandaletes de temporada y el desenchufe de las vacaciones, lo que verdaderamente sacudió a la Argentina de este enero es el horrible crimen de Villa Gessell.
Ahí donde la borrachera de violencia y descontrol encontró su cúspide en una cruel golpiza hasta la muerte, en un diez contra uno, que se ha leído en diversas claves –más o menos benévolas, más o menos resentidas- pero amerita una más, tal vez la menos ensayada: fue un crimen de odio.
La afirmación puede sonar demasiado radical, demasiado alarmante. Demasiado tóxica para nuestras buenas conciencias. Mejor que esas cosas no pasen, mejor que no volvamos a un pasado tan demencial.
Es cierto, hubiera sido mejor, pero no lo es.
A Fernando lo mataron, sencillamente, porque no era como ellos. ¿En qué sentido? ¿No pertenecía a la misma clase, no pertenecía a la misma tribu, no pertenecía a su micromundo? Tal vez todo ello junto.
Tal vez otra clave pueda comprenderse en una frase de William Shakespeare: “Si las masas pueden amar sin saber por qué, también pueden odiar sin mayor fundamento”.
Se han buscado responsabilidades en el rugby, actividad que los hermanaba, pero no parece suficiente. Saludablemente, el mundo de ese deporte ha recogido el guante y reconocido ciertas actitudes que, pensadas originalmente como valores, pueden terminar siendo detonantes del odio.
Cierto aire de superioridad moral, sumada a la superioridad física que brinda un deporte de tanta exigencia, puede hacer mucho daño en personalidades tan psicopáticas como las de algunos de los practicantes.
Se unieron por practicar ese deporte, o tal vez, como afirmó Jacinto Benavente, “más se unen los hombres para compartir un mismo odio que un mismo amor”. En ese sentido el deporte solo fue un catalizador.
Pero no hace falta mucho más para entender cómo pueden funcionar estos grupos. Ya lo contó magistralmente Anthony Burgess en su libro, trasladado a la pantalla por Stanley Kubrick, en La naranja mecánica. No vimos la advertencia a tiempo.
Pero en esa clave, también podría leerse como episodio aislado –que no lo es- o como fenómeno incontrolable ya que no se podría tener bajo custodia a cada grupo formado por personalidades tan violentas y extremas, capaces de patear la cabeza de un indefenso.
Lo grave es, en cambio, cómo nuestra sociedad ha homologado el odio como razón.
El odio funciona como lubricante político, como aglutinador social, como factor de unión a lo que se teme o desconoce, y hasta de lo que se desconfía.
Las redes lo muestran sin tapujos a quien quiera verlo. Cada lado de la grieta tiene visibles manifestaciones del odio.
El odio ha entregado victorias a quienes lo usan, profesándolo o no, pero a no confundirse: esas victorias siempre son pírricas. Puede pensarse que se gana, pero a la larga siempre se pierde.
La derrota se ve en los velorios.
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