La política británica sufrió un fuerte sismo con el anuncio de la renuncia de Keir Starmer como líder del Partido Laborista. Aunque el mandatario aclaró que se mantendrá al frente del Gobierno del Reino Unido hasta que se elija a su sucesor en septiembre, su salida marca el colapso de una gestión que comenzó hace apenas dos años con una aplastante mayoría absoluta.
Escándalos y presiones internas
El detonante principal de esta crisis política fue la pérdida de confianza de su grupo parlamentario, gatillada por los pésimos resultados del laborismo en las elecciones locales inglesas y regionales de Escocia y Gales.
La situación se volvió insostenible tras la reciente victoria de su rival interno, el carismático exalcalde de Manchester Andy Burnham, quien ya perfila su candidatura para sucederlo con un amplio respaldo de los diputados.
A este descontento electoral se sumó el fuerte impacto del aumento del costo de la vida y un estancamiento económico que Starmer no logró revertir.
Para colmo de males, su popularidad terminó de hundirse debido al escándalo por el polémico nombramiento de Peter Mandelson como embajador en Washington, cuestionado severamente por sus antiguos vínculos con el delincuente sexual Jeffrey Epstein.
Starmer comunicó oficialmente su decisión al rey Carlos III y abrirá el proceso de elecciones internas el próximo 9 de julio.