Había dudas, morbo y una fe casi religiosa flotando en el aire de Córdoba. Pero a las 21:25 del sábado, la incertidumbre se transformó en estallido. Cristian "Pity" Álvarez, la última gran figura maldita del rock argentino, pisó el escenario del Estadio Mario Alberto Kempes.
Tras siete años de silencio, internaciones psiquiátricas y un proceso judicial por homicidio que aún mantiene en vilo su libertad, el músico volvió a encontrarse con su público. Ante más de 40 mil personas que viajaron desde todo el país, el músico no solo demostró que su magnetismo sigue intacto, sino que transformó su propia tragedia personal en un espectáculo de dos horas y media de alto impacto emocional.
Una entrada provocadora y una banda de lujo
Fiel a su estilo impredecible, el Pity arrancó la noche jugando al límite de lo políticamente correcto. Subió a escena sosteniendo una correa atada a una mujer que le sirvió un trago y le encendió un cigarrillo, una performance de ironía y sumisión que generó murmullo y asombro. Vestido con pantalones a rayas y botas, lideró una big band sólida que incluyó vientos y el reencuentro con Felipe Barrozo, su histórico socio en Intoxicados.
La lista de 33 temas fue una demoledora sucesión de himnos que atravesaron generaciones. Desde el inicio con canciones como Intoxicado y Me Gustas Mucho, hasta los momentos de pogo furioso con Fuego y Una vela, el músico mantuvo al público en el pico más alto de euforia durante todo el show.
También hubo espacio para la emoción descarnada con el clásico Homero, dedicada a su padre, y un mar de lágrimas colectivo durante Nunca Quise, cuando el estadio se iluminó solo con celulares y la voz de un público que, en muchos casos, veía a su ídolo en vivo por primera vez.
"Me tengo que hacer cargo"
El elefante en la habitación era, inevitablemente, su situación judicial por el crimen de Cristian Díaz en 2018. Lejos de esquivar el bulto y fiel a su estilo honesto y directo, Álvarez hizo del escenario su estrado.
"Me tengo que hacer cargo de las cosas que hice, ¿no?", lanzó antes de interpretar Te Empezás a Chorrear, una frase que resonó entre sus seguidores como una confesión de parte. Sin embargo, el momento más delirante y místico llegó promediando el show, cuando su verborragia habitual se mezcló con delirios de grandeza.
"Si dicen que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, ¿quién me va a juzgar? ¿Dios? ¿A mí, que soy otro Dios? Solo el universo me puede juzgar", gritó. El desafío implícito a los tribunales terrenales que suspendieron su juicio por problemas de salud mental, recibió la ovación inmediata como respuesta de la multitud.
El futuro es una incógnita
El regreso del Pity en Córdoba fue mucho más que un recital delirante. Fue un acto de supervivencia de generaciones para las que conceptos como el "cringe" no eran un límite a la acción sino desafíos a confrontar.
Familias enteras, viejos seguidores de Viejas Locas y adolescentes sub-25 compartieron una liturgia que parecía extinguida. Regodeándose del espectáculo, el Pity roció a sus músicos con purpurina "para que brillen", cambió su vestuario y bromeó con una lucidez que sorprendió a los más escépticos.
Mientras el productor José Palazzo confirmó que el músico debe presentarse ante la Justicia este martes para continuar con su supervisión, la noche del Kempes dejó una certeza: el talento de Álvarez sobrevive a sus propios demonios. La pregunta que queda flotando es si este fue el inicio de una nueva etapa o la despedida grandilocuente de un mito viviente que, por una noche, volvió a sentirse libre.