"Se murió el Flaco Spinetta", dijo alguien en la redacción de Ciudadano aquel febrero de 2012. "¿Te escribís algo?", me pidieron. Aún bajo el estupor y con la sensación de haber perdido a un padre o a un hermano mayor, me senté frente a la computadora para volcar sensaciones sobre nuestro amado Flaco. Entre lágrimas, esbocé recuerdos propios mezclados con las texturas sónicas que sus canciones siempre me despertaron.
Pienso, como tantos otros, que Luis era un genio; una definición que a él, fiel a su modestia extrema, le incomodaba. Pero créanme: lo era. No solo porque inventó acordes y melodías irrepetibles, sino porque al frotar la lámpara de su obra —sin importar el formato— esa alquimia suya de poeta, músico y cantante sigue impactando siempre en el mismo centro de nuestros sentidos.
El Flaco fue un emergente de una era dorada de las artes y las ciencias argentinas: la época del Di Tella, el flower power y la imaginación al poder. Junto a su amigo Emilio del Guercio, en el colegio San Román, empezó a forjar sus armas artísticas; aunque aquel talento ya venía de antes, desde el niño que enviaba dibujos a la revista Billiken, un cuento a Anteojito, o el joven capaz de componer una joya como "Barro tal vez" con apenas quince años.
En permanente ebullición, Luis nunca se conformó con la receta fácil o cómoda; siempre arriesgó más.
A veces, cuando llegan estas fechas, surgen bandos entre quienes prefieren celebrar el natalicio y quienes conmemoran la partida. Son solo miradas. Más allá de que a alguien como Luis Alberto se lo extraña siempre y más cuando parece que el ejercicio de pensar se va por la letrina, las fechas son lo de menos; apenas una excusa perfecta para volver a sus canciones.
Si tenés vinilos, escuchá vinilos. Si tenés cassettes o CDs, también. Si no, está Spotify o YouTube. Lo importante es que el músico, el poeta, el alquimista, dejó cientos de canciones que trascenderán por los siglos de los siglos. Por sobre las lágrimas de ayer y la melancolía de su ausencia, nos queda la certeza de que su obra sigue viva, conmoviendo a almas de todas las edades por igual.

