Un día de otoño, hace ya veinticinco años, viajaba de Chile a Mendoza en un micro de la Tac. A mi lado se sentó un ser extraño; aún hoy no sé si aquello fue un sueño.
Venía de tocar con el Cogoyo , estábamos de gira, pero mi abuelo, que era también mi padrino, estaba muy enfermo y yo tenía que llegar a verlo. La Cordillera se cerró, estuvimos a punto de cruzar, pero no pudimos.
No sé cómo comenzó la conversación. Eran quizás las seis de la tarde cuando subimos todos al micro. "Hola, buenas", dijo al sentarse.
"Buenas", le respondí.
Recuerdo que traía un maletín marrón que puso al lado de su pierna en la butaca. "Disculpa, ¿sabes más o menos a qué hora llegaremos?", me preguntó.
"Con suerte, si se puede cruzar, tipo doce de la noche", le dije.
Me agradeció la repuesta. Me sorprendieron sus buenos modales.
Entablamos conversación. Me preguntó qué hacía por Chile. Le dije que era músico y que venía a tocar con una banda. "¡Ah, qué bien!", aportó. "Es necesaria la música y el arte en los pueblos, y sobre todo el poder mezclar su cultura, poder entender al otro... desde el arte".
"Este tipo la tiene clara", pensé.
Tenía una voz rara. Se le entendía el castellano, pero había una mezcla extraña en su acento. Traía puesto un sobretodo que, al sentarse a mi lado, se lo sacó, quedando con un traje negro y corbata.
Era un tipo muy alto, de casi 1,90. Sus ojos eran grandes y su piel muy blanca, casi cristalina, y al hablar gesticulaba con sus manos. Ahora que recuerdo sus gestos y su cara, para mí era Cortázar. Sí, el escritor. Pero en ese momento no me di cuenta.
Me preguntó qué música hacíamos con la banda. Le dije que algo de reggae y rock. "¡Ah, qué bueno!", opinó. "A mí me gusta mucho la música y sobre todo el jazz, y las canciones que dicen algo; no hay que cantar por cantar, siempre el artista tiene que tener consistencia en sus palabras...".
El tipo tenía una elocuencia que me impactó. Casi gritando, muy metido y concentrado en sus palabras, casi como proclamando un manifiesto dijo:
"Un artista no puede hacer la vista gorda. No puede pensar en sí mismo. Un artista no puede callar, debe caminar, actuar con coherencia. No se puede doblegar. Un artista debe estar con quien más lo necesita. Debe dar la vida por su arte".
Un cóndor pasó sobrevolando. El hombre fijó la mirada fija en la Cordillera de los Andes y en el vuelo del ave.
"Eso", agregó siguiendo el vuelo del cóndor. Como si le estuviera dando la razón a su elocución agregó: "Un Artista debe buscar la libertad y poder volar con sus pensamientos...".
Sonrió y me dijo: "Pibe, quédate tranquilo, vas a llegar a ver a tu abuelo a Mendoza".
"Sí, eso espero", le contesté.
En ese momento, uno de los conductores del micro anunció en voz alta, en un chileno perfecto: "Señores pasajeros, disculpen las molestias. No podremos cruzar esta noche la Cordillera, ya que el paso ha sido cerrado debido al gran temporal de nieve".
El micro emprendió el regreso hacia Viña del Mar.
El extraño siguió comentando sobre las ganas de ver a su familia. Habló de lo feo que estaba afuera, ya que no paraba de llover y hacía mucho frío. Decididamente, se levantó de su asiento y me dijo: "Pibe, yo me bajo acá".
Ya estábamos a mitad de camino y la verdad es que estaba muy oscuro. Antes de despedirse me repitió: "Jesús, quédate tranquilo que vas a ver a tu abuelo. ¡Buena suerte!".
Le respondí: "Bueno, muchas gracias, señor. Nos vemos mañana...".
El tipo caminó por el pasillo del micro hacia la cabina del conductor. Habló con él y así el vehículo se detuvo en medio de la ruta oscura. Llovía a cántaros...
Un rato después llegamos a Viña. Nos comunicaron que saldríamos de regreso, temprano al otro día, en el mismo colectivo.
A la mañana siguiente, todos los pasajeros del día anterior subimos para emprender el viaje.
Todo el micro venía lleno; el único asiento libre estaba a mi lado. El tipo que había bajado en medio de la tormenta no había subido.
El micro se puso en marcha y, cuando pasábamos por el mismo lugar donde recuerdo que había bajado mi vecino de butaca, me levanté y fui hasta la cabina del chofer. Le pregunté si sabía algo del pasajero del asiento 33, ya que era el único que no había subido.
El chofer miró al copiloto. Hablaron algo.
"El asiento 33 fue el único que no se vendió. Nadie compró ese pasaje", me contestó el acompañante.
Me quedé helado como el Aconcagua.
Finalmente, el micro pudo atravesar la Cordillera y llegué a ver a mi abuelo, como me dijo el extraño del asiento 33.
Su nombre era Segundo Aurelio González, y era un gran contador de historias.

