Era cierto lo del flechazo inicial. Lo de un amor a primera vista.
Me pasó con la Turquita del Segundo Vespertino; quedé enamorado de su 'mirada speed' y su actitud irreverente.
Desde la casualidad de un patio de colegio. Y mucho más desde el esplendoroso día de un primer beso, movilizante y novedoso. Beso de excitación e invitación a un nuevo mundo. En el que nada externo podía afectarnos al descubrir en la piel la atracción y el deseo. Como una 'danza narcótica' en la memoria. Eran noches de calor, llenas de ansiedad...
Nos cantábamos Virus al oído y que el mundo se detuviera de inmediato.
"Fuego, fuegoooo nuestro", decía Federico Moura en nuestra causalidad del juego de manos, de divina juventud toqueteadora en la oscuridad de una plaza para dos. De una luna de miel en nuestras manos. Liberándonos sin temores ni culpas, de un 'pecado para dos'.
También solíamos pelear y recomponernos de igual forma. Un afán masoca y extraño de pulsar el amor. La toxicidad precoz. Los 'lugares comunes'.
Dejamos de vernos entonces pero quedó registrada nuestra complicidad latente.
Lo supimos diez años después, al cruzarnos en una esquina de manera tan casual como en aquel patio de colegio. Algo seguía vital además del recuerdo hermoso de la aventura adolescente.
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En el café que fuimos a tomar, me contó de su vida, de su pequeño hijo y que su entonces relación de pareja venía desmoronándose.
Fue natural el acuerdo para proseguir viéndonos. Éramos como dos extraños conocidos que redescubrían el deseo fundado en 1985.
El reanudar lo inconcluso fue más hermoso de lo que podía imaginarme.
Virus seguía sonando en el concierto de nuestra memoria. Era nuestra dicha feliz y el beso sostenido en el vidrio que dejaba marcado el rouge.
Sin disfraz construimos una relación. Como si aquel juego adolescente que no pudimos conjurar del todo tuviese su epílogo a nuestros casi 30 años. Con los polvos de una relación más insospechados. Con vacaciones, padres y familias a la española. Con la docilidad del deseo. Con un proyecto de convivir juntos. Después de todo no era tan malo sentirse bien...
Pero aquella magia comenzó a disolverse... Virus ya no era igual sin Federico Moura y nosotros comenzábamos a ser diferentes.
No fue el "me voy a España" el "somos diferentes" ni "el no sentirse atado". No fue un amor descartable. Fue el no querer hacernos daño, en el honor de lo que éramos y en la gloria de lo que fuimos.
No se fue de mi vida ni yo me fui de la suya. Simplemente nos dejamos sin culpas ni traiciones. Fue la gira de despedida de nuestra historia.
Desde mi área grande de perdedor, hoy cuando ya no se si es hoy ayer o mañana, en mi agujero interior, inevitablemente cuando vuelvo a escuchar "Tomo lo que encuentro, me siento algo mejor" me remonto a nuestras imágenes paganas, a nuestra hermosa historia de primera y segunda parte, con una pausa de diez años.
Al amor a primera vista, a ese ochentoso 'viaje de placer destinado para...' como cantaba Federico Moura...

