Por Fernando Montaña
8 Septiembre de 2024 - 18:39
-Barloa, una más y me voy, dale...
-No Carlitos, ya está. Mañana si querés, por hoy ya basta.
Era casi el amanecer. Una función más en la que el personaje en cuestión había repasado su carrera.
Un resumen de noticias del ayer, extra, extra. Amarillentas y llenas de gloria y ocaso. De alegrías y tristezas. De traikas a mansalva y de manos amigas tendidas cuando quedaba tendido en la lona. No la de un ring, sino de la vida.
En la función noctámbula, había pasado su infancia en el Carrizal. El juego de la escondida, allí el infiernillo de Dorrego. Los consejos de Don Paco Bermúdez. El cross que terminó con un rival de fuste.
El espejo de Nicolino. "Tras la huella de Locche", había titulado el diario Mendoza.
Y sí, Nicolino era tan ídolo suyo que no había dudado en dedicarle un cogollo en una de sus tonadas.

El Victor, otro admirado amigo suyo con el que alguna vez tendió paredes en un amistoso con la casaca del Lobo allá por el 72'.
Héroe del Mocoroa, de carne y hueso que salía del supermercado ASA cargado de productos para su hogar y varios juguetes para los pibes que le habían cuidado el vehículo.
El "Aro, Aro, Aro y en la punta de aquel cerro viene bajando un campeón".
Sí, se llamaba Carlos Aro. Personaje de a pie, en la época que los pibes nacían ciclistas, futbolistas o boxeadores.
Se abrió paso en el 'uno- dos' para llevar el mango a casa. Con esas manos que sabían bien de qué se trataba aquello de que el arte es la mejor defensa.
Y así fue el mejor liviano del país. Construyéndose desde una noche de 1959 en Chicago, cuando lo puso al norteamericano Charles Brown y se consagró Campeón Panamericano. Y después al ser representante Olímpico en Roma 1960.

Su cénit fue cuando se convirtió en Campeón Argentino y Sudamericano de los livianos al derrotar al rosarino Hugo Rambaldi. Llegó a ser tercero en el ranking mundial.
Se defendía con elegancia en las noches de la Federación de Box y empuñando la viola para cantar sus versos vivos. Los de amores que fueron, los de anhelos por cumplir y sueños rotos.
"La noche que le gané el título argentino al rosarino Rambaldi, Leonardo Favio me abrazó y me dijo: "Esto es para vos, campeón",
"Era una viola, pibe. Nunca tuve una guitarra igual y lamento haberla empeñado", contaría luego de la quinta campanada en una noche barloiana.
Carlos Aro, era uno de esos cracks de los 60 y 70, en tiempos en que las marquesinas brillaban con su nombre antes otros nombres como los de Pedro Benelli, Raúl Santos Villalba, Horacio Golepa Cabral, Julio Catallini, Adán Gómez, Víctor Omar Gottifredi, Víctor Hugo Echegaray, Cirilo Pausa, Tristán Falfán, Héctor Jorge Pace, Juan Carlos Salinas, Raúl Celestino Venerdini y los extranjeros Oriste Do Santos, Josué de Moraes, Luis Duberli Zúñiga, Sebastián Nascimento, Acosta Azevedo y George Foster, el estadounidense de Ohio, cuarto en el ránking mundial, al que puso KO en el round 4 en el Luna Park la noche que la corona ecuménica estuvo más cerca que nunca (noviembre '68).
En alguna noche de Barloa, Carlos Aro narraba el derrotero de su carrera de gran campeón, que prácticamente culminó el 2 de Agosto de 1972, cuando el panameño Alfonso Peppermint Frazer lo noqueó y postergó el sueño de subirse al podio de los campeones mendocinos. Hizo una pelea más en Córdoba ante Hugo Gutiérrez, la cual perdió por puntos y se retiró. Después hizo exhibiciones con Nicolino, pero el combate de su vida, proseguía con sus versos de poeta.
"Escribía tangos, tonadas, cuecas, zambas y boleros, cuando me venía la inspiración, además de muchas poesías cortas. Le cantaba al amor, a mi Mendoza, a la memoria de mi viejita que gracias a Dios la tengo en el cielo. Compuse más de 100 temas y varios han sido grabados por Las Voces de El Plumerillo, Ramoncito Ahumada y los Hermanos Ríos", le contaba al periodista José Félix Suárez, en alguna de esas noches barloíanas donde seguía luciéndose en el relato de su vida hasta el su último amanecer.
Carlitos Aro murió a los 77 años el 16 de julio de 2017. Había nacido en El Carrizal, Luján de Cuyo, el 22 de septiembre de 1939.
Dicen que en alguna de las mesas del Barloa, por las noches lasherinas siguen resonando los versos del poeta que fue boxeador o del boxeador que fue poeta.
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