Por Fernando Montaña
7 Octubre de 2019 - 19:28
Dicen que no sucedió. Que no se juntaron, que no hubo un “tomala vos, dámela a mí”. Que esa elección no tuvo cabida. Yo digo que en el círculo rojo de los más grandes, en el picado de los elegidos, en la galería de los célebres, sí pasó. Que tiran paredes Borges y Cortázar, Gardel, Spinetta, Perón y Alfonsín. Que Maradona y el Víctor se conectan sin verse, como lo harían en un campo de juego, porque ambos tienen ojos en la nuca, en la espalda, en las sienes y se miran sin verse. Y el abrazo del alma va más allá de pretendidos desencuentros, confusiones u operetas.
Ellos se ven sin cámaras insolentes, ni luces para las sonrisas.
Ellos se conectan en la devoción, en el amor de la popular. Son líderes invencibles, que nunca se van, siempre vuelven.
¿Quién dijo que no sucedió?
En nuestra memoria colectiva sucedieron las gambetas, las determinaciones, los gritos de gol, los puños en alto, el zurdaje que se viene desde el empeine hacia la telaraña imaginaria del vértice o a la derecha de su pantalla, señora. Desde el punto del penal o de afuera del área.
En la pretensión de los seres vivos, ese encuentro aconteció.
A ellos los hermanan las determinaciones, el liderazgo, la capitanía bien llevada.
¿Cómo que no sucedió ese encuentro? ¿Quién lo dice?
Ellos siempre están en la puteada de los encarnizados. En la devoción incondicional de sus queridos feligreses, en la crispación de los que los vituperan, los condenan, maltratan y los odian. En el fastidio de las ratas imberbes y rasuradas. En el Twist y gritos de los “¡Maradó!” y canción con todos de “hoy Mendoza está de fiesta, llega el Víctor con su orquesta”.
Ellos se juntan en el mimo y el afecto colectivo. En esa iconografía de dioses del olimpo de gajos circulares, en sábados y domingos circulares reservada para los elegidos.
Aunque la santísima trinidad del fóbal (ponele con el Bocha, el Gringo, Román o quien quieras) no la veamos juntita y al pie, cuando se la invoca aparece. Y se junta. Que en la pretensión de los vivos, las naranjas que el Víctor payaneaba en Tucumán son un centro para el Diego, que las baja de cabeza y antes que aterricen las devuelve con la zurda del palo.
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