Por Fernando Montaña
25 Julio de 2024 - 18:21
Hace unos años en tiempos de pandemia, con horas propicias para la reflexión, Alberto Isaías Garro repasaba en palabras, la impecable trayectoria que lo tuvo como protagonista. Como futbolista y entrenador de fútbol.
"Fui mejor entrenador que jugador", decía entre risas, por entonces.
Rememoraba que gracias al entrenador Abel Sklate dejó de ser volante por la derecha para resucitarse como un volante central. "Se había lesionado Jorge Pacheco y el técnico me explicó mañas del puesto (él había jugado en esa posición), debuté ahí y rendí. No salí más", recordaba en una nota con Ciudadano News.
"Querría haber sido un volante como el Gato Lentz, que era lo máximo que vi. Yo sin tanta dinámica, era prolijo para jugar, simple, sin tanta gambeta, pero recuperaba buenas pelotas y tuve grandes jugadores como el Quique Lucero, Pancho Monárdez, Adolfo Mecca y el Ñoqui Galeassi a quienes dársela", decía en esa conversa de cuarentena.
Y largaba el pase-recuerdo para su querido hermano Dante Garro: "Él tenía mayor técnica que yo".

Así era el Tachuela, quien como futbolista había portado las casacas de Independiente Rivadavia, Gutiérrez, Atlético Argentino, Huracán Las Heras, Luján Sport Club.
De lo que no hablaba tanto Alberto era de sus cualidades como conductor de grupos y estratega. Godoy Cruz, San Martín, Independiente Rivadavia, Gutiérrez, Atlético Argentino, Palmira, Gimnasia, Guaymallén y la Selección mendocina fueron los sitios en los que dejó su impronta.
Alberto pertenecía a la última camada de entrenadores de la escuela del fútbol mendocino setentoso y ochentoso.
La línea sucesora de los Turco Julio, Hardam Curi, el Victor, Aroldo Cortenova, Pedro Pablo Sará, Sergio Abel Vázquez, Pancho Ontiveros, Cholo Converti, fraguados en la jerarquía de la Liga Mendocina de Fútbol.
Antes que las múltiples letras en el abecedario del fútbol del interior comenzaran a escribirse y los pibes a emigrar desde temprano hacia otros deportes y destinos geográficos, Garro alcanzaba a conducir una camada de grandes futbolistas con acento autóctono que contribuían a lograr hitos históricos, como el Godoy Cruz del 94 y San Martín del 96, sus obras maestras.
A ingeniárselas para construir protagonismo sin chequeras. Eso.
Y Alberto Garro disfrutaba enormemente de su laburo. De conformar equipos de fútbol con dos mangos con cincuenta. Y no en el sentido peyorativo hacia los jugadores que le tocó dirigir, que fueron muchos y que le eran rendidores en su mayoría, sino por su ingenio para optimizar recursos. Muchas veces por convicción y otras por necesidad.
Con planteles con dificultades para entrenar o para cobrar. Con sponsoreo del simpatizante que tenía un negocio de barrio, sin pilchas de marca, pero con amor propio y sentido de pertenencia, Alberto Garro le daba identidad de juego a sus equipos.
Y el fútbol cuyano vibraba los fines de semana, cuando alguno de aquellos equipos pisaban la cancha de Rivadavia para medirse contra el Naranja de Brozovix, la Academia del Panza Muñoz. O el Granate de Eleazar Tercilla.
Por su mano, pasaron cientos de jugadores. Y peleando arriba o abajo, los Team del Tachuela se hacían sentir.
Hoy se fue, el gran Alberto Tachuela Garro. El tipo con cara de duro, pero abierto y sin dobleces para defender con argumentos sus convicciones.
Muchas veces habremos sido rigurosos en la críticas por algún resultado eventual. Pero Garro verdaderamente hacía gala de su respeto por la crítica, más allá de estar o no de acuerdo. No era poco en tiempos de intolerancias antes y ahora.

Se fue con logros deportivos sí. Pero con un logro mucho mayor que él mismo manifestaba en 2020:
"Me siento reconocido. Fundamentalmente por mis jugadores, que me saludan, me llaman. Por la gente, por los hinchas. En Godoy Cruz y San Martín me hacen sentir ese afecto y también cuando voy a ver partidos de otros equipos. En Palmira, Gutiérrez también, clubes en los que laburé, como también en otras canchas me hacen sentir ese respeto".
No es poco, creánlo. Fueron varios legados. Porque a su honestidad y capacidad le siguieron hitos que contribuyeron a cimentar la historia viva del fútbol mendocino.
Buen viaje, Capitán Beto. Y gracias por tanto.
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