En diciembre de 1916, la tranquilidad de la Ciudad de Mendoza se quebró por gritos desesperados de auxilio que provenían de una vivienda en la Tercera Sección. Lo que la policía encontró al ingresar a la propiedad de los hermanos Marcos Mauricio y José María Leonelli fue una escena sacada de una pesadilla: en el sótano, yacía el cuerpo ensangrentado de Tufic Ladekani, un joven de 18 años estrangulado con alambre.
Un cementerio clandestino en el corazón de la Ciudad
Este hallazgo fue solo la punta del iceberg de una investigación que sacudiría para siempre a la sociedad mendocina. Al profundizar en las excavaciones de la vivienda, ubicada en la intersección de las calles Salta y Urquiza, los investigadores descubrieron un cementerio clandestino. No solo hallaron los restos de hombres adultos como José María Dávila y Julián Gómez, sino que la oscuridad del caso se profundizó al encontrar huesos de fetos y recién nacidos enterrados en las caballerizas del fondo.
Las pericias de la época sugirieron un vínculo incestuoso y macabro: se sospecha que la propia madre de los Leonelli daba a luz y sus hijos se encargaban de que esos bebés no llegaran a la adultez. El móvil de los crímenes de adultos era económico, atrayéndolos para robarles sus pertenencias.
Aunque inicialmente fueron condenados a la pena de muerte, la presión social de una Mendoza que se solidarizó con sus vidas logró que la sentencia se conmutara. En 1926, fueron trasladados a la cárcel de Ushuaia, la "Cárcel del Fin del Mundo". Allí, uno de ellos murió tras las rejas, mientras que el destino del otro se perdió en el anonimato. Hoy, en esa esquina céntrica, solo queda el eco de un pasado que la provincia prefiere olvidar.