En 1875, las calles de Dublín no se tiñeron de sangre, sino de whisky puro. Un incendio en el depósito de Laurence Malone, en el populoso barrio de The Liberties, provocó que unos 5.000 toneles de alcohol explotaran debido al intenso calor del verano europeo. Lo que siguió fue una escena surrealista: un río de fuego y alcohol de 15 centímetros de profundidad fluyendo por las calles de la capital irlandesa, desatando el caos absoluto entre los ciudadanos.
Una trampa de alcohol y desesperación
A pesar de la magnitud de las llamas, lo más impactante de esta historia no fue el poder del fuego, sino el comportamiento de la gente. Al ver el whisky correr por las cunetas, cientos de personas salieron de sus casas con jarros, sombreros e incluso sus propias botas para beber el líquido directamente del suelo. La desesperación por el alcohol gratuito fue tal que ignoraron el peligro inminente y la evidente suciedad del entorno.
El saldo final fue de 13 víctimas fatales, pero con un giro macabro: ninguna murió por quemaduras o inhalación de humo. Todos los fallecidos sucumbieron ante el coma etílico tras ingerir cantidades industriales de alcohol sin filtrar. Muchos de ellos incluso bebieron de las barricadas improvisadas que los bomberos habían construido con arena, cal y excrementos de animales para frenar el avance del fluido inflamable.
Este desastre, recordado como el "Gran Incendio de Whisky de Dublín", dejó además a 24 personas hospitalizadas. Mientras en Argentina gobernaba Nicolás Avellaneda, al otro lado del océano, la sed insaciable de una multitud convertía un accidente industrial en una tragedia bizarra y sin precedentes que hoy es parte del folklore oscuro de Irlanda.