Por Daniel Gallardo
29 Marzo de 2020 - 13:02
La pandemia del coronavirus plantea a la humanidad una nueva ola del tiempo de su existencia.
No se sabe si el mundo lo esperaba y mucho menos si estaba preparado. Sí, es seguro que su influencia será profunda en la economía, en la relación de los países y en el comportamiento del hombre en su relación con la naturaleza y otros seres.
Por estas horas muchos se preguntan, ¿qué pasará con los argentinos? Entendiendo que no serán la excepción al resto del planeta.
Y en eso aparece un factor que ha sido determinante para que el país sobresalga ante los ojos del mundo en medio de la propagación del coronavirus.
Porque mientras Argentina asume fuertes compromisos para prepararse a enfrentar la pandemia, el mundo, sobre todo la denominada mortal zona roja, no aplicó, en su momento, aquellas medidas que por lo menos detuviesen el ritmo sostenido de muertos por día.
El bicho que transmutó de donde siempre vivió (en los murciélagos) con la distorsionada modalidad alimentaria de una región de China.
Colocó al mundo en una temida senda de extinción que ni la carrera armamentista nuclear lo había hecho.
En el medio, de esto tan raro para la idiosincrasia argentina, apareció también un factor que en nuestra tierra era impensado a diciembre del año pasado.
Respuestas políticas sin especulaciones y con un solo contenido, poner a salvo la salud de los 45 millones de habitantes que constituimos esta nación.
Decisiones con mesura, sin estridencias ni mensajes apocalípticos por parte del presidente Alberto Fernández, motivaron que esa gran parte de la ciudadanía sensata tomara a pie juntillas lo que el primer mandatario estaba solicitando.
El jefe de Estado tuvo ante sí dos caminos, atender el desastroso panorama económico y financiero, propio de la Argentina, o plantearle batalla a la llegada de la pandemia a nuestra tierra.
No titubeó en elegir la vida de cada argentino y desde ese momento no para de afirmar la decisión de Estado que podría amortiguar la voraz embestida del virus en los próximos meses.
Hacer lo que no hicieron las denominadas superpotencias del mundo, podrían ubicar a nuestro país fuera de ese halo oscuro donde solo se cuentan contagiados y muertos en cada amanecer.
Y ése podría ser el punto dorado que colocaría a Alberto Fernández en una página importante de la historia de la Nación.
En los pagos cuyanos, Rodolfo Suarez tomó sus decisiones. Fueron una mezcla de pasos adelantados sobre el resto del país y a su vez, coordinación absoluta con el rumbo que tomaba el Gobierno central.
En la determinante actitud, el Gobernador mendocino dejó en claro que no le temblaría su mano con todas aquellas determinaciones que implicarían beneficio y resguardo total en cada uno de los habitantes de la provincia.
Inmediatamente surgieron señales de apoyo de todo el arco político local. Incluso de los otros dos poderes del Estado que adhirieron a la parálisis de la actividad pública y colocar todo salario de alto funcionario en $50.000.
Pero hubo más, como demostrar a la gente que detener la actividad y atención pública no implicó que jueces y legisladores detengan el trabajando.
La ausencia en el recinto de sesiones de una Legislatura paralizada y en cuarentena, como así en todos los juzgados de la provincia, dio lugar al trabajo bajo una modalidad de conectividad digital, única en la vida institucional del país y de la provincia.
De repente la gente se encontró ante una clase política que se mostró absolutamente diferente.
Tan diferente a la que desde diciembre del 2019 hacia atrás, solo había demostrado mezquindades, sectarismo y un añejo modo corrupto de manejar los fondos público, excepto exclusivas figuras de la política del país y de la provincia, claro está.
Hoy, cuando la muerte se bambolea al ritmo de la guadaña mundial del coronavirus, sin distingos de regiones, condiciones sociales, políticas y religiosas, en la Argentina y en Mendoza la dirigencia política está donde nunca estuvo, al lado de la gente.
¿Será que el bicho surgido desde una sopa de murciélago, coloca en un antes y un después al político argentino?
Quizá es muy pronto afirmar este cuestión. Sobre todo cuando surgen algunas señales no tan claras o muy limpias.
Como el silencio y las actitudes poco claras de la vicepresidenta de la nación Cristina Fernández Kirchner, viajando a Cuba para traer a su hija Florencia, en el medio de la declaración de emergía sanitaria del país.
O esa controversia que se presentó entre nación y Mendoza por los respiradores, que no fue más fuerte porque el duro momento que se vive no lo permitiría.
Lo que sí destaca desde ya, el costado sensato de la comunidad, que lo que hicieron Alberto Fernández, Rodolfo Suárez y toda la comunidad política mendocina, esto es jueces, legisladores e intendentes, es lo que merecía la comunidad en su conjunto.
No hay un ápice de dudas que tenía que ser así. El tiempo de tempestad de la pandemia que se avecina dirá si fue suficiente.
Lo que es una cuestión por analizar en otro contexto, porque en este solo cabe que la gente responda si todo lo que se determinó en este gravísimo momento, donde está en juego su vida, sirvió para reivindicar a la clase política con sus habitantes.
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