La industria automotriz global vive un quiebre histórico impulsado por la tecnología asiática. Mientras que las automotrices tradicionales occidentales demoran entre cuatro y cinco años en desarrollar y lanzar un nuevo vehículo al mercado, las empresas chinas lograron pulverizar esos plazos de producción a tan solo dos años.
La clave de este fenómeno radica en su descomunal economía de escala, produciendo unos 50 millones de vehículos anuales dentro de un ecosistema hiperconcentrado de proveedores. Hoy el éxito del negocio ya no se define por quién fabrica el mejor auto, sino por quién se adapta más rápido.