Por Ciudadano.News
26 Agosto de 2019 - 07:12
El ilusionista es capaz de tenerte obnubilado por un largo rato, mirando sus manos presentar y ocultar lo imposible, transformando un pañuelo en una paloma, o un naipe en una rosa que sale del cuello de una dama de la primera fila.
Aplaudimos la magia; aplaudimos el truco preguntándonos cómo lo hace. Volvemos a casa, y sabemos que es un truco, pero contamos que hemos asistido a un espectáculo de magia.
En el cuarto oscuro metemos una boleta en una urna pensando que ese mísero papel barato impreso esconde un contrato que nos lleve a la prosperidad. Un cheque en blanco para que decidan cómo hacernos felices.
Así como deslindamos la verdad, y la hacemos a un lado para dar lugar a la fascinación en el acto del mago, la hacemos a un lado en política para dejar en manos del prestidigitador de turno nuestro progreso o decadencia.
Claro, la magia nos acompaña desde la misma creación de nuestro país. La idea de predestinación, del lugar donde pródigamente todo nos sería dado, sigue presente. De poco sirvió el trabajo de los enormes dirigentes del siglo XIX, esos que advirtieron que el trabajo, el tesón y el esfuerzo serían los únicos responsables de transformar las promesas en realidad.
Nos quedamos con la magia de los caudillos. Los que se encargarían de nuestro destino a cambio de fe y adhesión, cruzando lo real y lo místico, y siempre humedeciendo la argamasa con sangre.
Hoy lo mágico vuelve a suplantar a lo real. Afrontamos la decisión refugiados en elegir quién dejará caer más generosamente el maná sobre nuestras castigadas realidades. El acto de fe se constituye al creer que ese maná está. Es eterno, nos vino dado por elegidos, por sabios, aunque más no sea por pícaros o por vivos.
Puesto en términos menos abstractos, seguimos creyendo que en la Argentina el problema es cómo se distribuye la riqueza, quién lo hace mejor y a favor de quienes.
La realidad es que la Argentina tiene un tremendo problema para producir riqueza. Porque la riqueza no está, no brota sola. El mito de que tirás una semilla en cualquier lado y crece es una enorme falacia transmitida de generación en generación.
Para que eso ocurra hace falta un enorme trabajo, una sociedad dispuesta a transformar lo potencial en real. Y producir riqueza necesita una serie de condiciones que jamás proveemos.
La política real oblitera cualquier posibilidad de transformación profunda. Anquilosados senadores eternos cuidando las quintitas de los señores feudales, que transforman sus provincias en bolsas de empleo, preservarán el statu quo al infinito, y ese es solo un ejemplo.
Estamos mirando quien distribuirá y como, cuando urgentemente debemos pensar en cómo se crea y multiplica lo que haya que dividir.
Esperamos el acto de magia. Es solo prestidigitación.
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