Por Ciudadano.News
10 Febrero de 2020 - 07:10
La semana que termina fue muy rica políticamente, ya que permitió vislumbrar las dificultades que afrontará el gobierno puertas adentro.
No ya jaqueado por temas de gestión, de encontrar un rumbo que les aparece aún remoto, sino porque puso en blanco sobre negro las dificultades que afrontan por su propia grieta interna, patentizadas en una serie de sucesos de lectura inequívoca.
Por más que intenten mostrarse unidos, como un bloque monolítico, las dos maneras de entender el poder –no ya la política, veremos por qué- se cuelan por los intersticios y salen a la luz a la menor posibilidad.
Para unos el ejercicio de la negociación, del acuerdo, es la política, y es lo correcto, porque al fin y al cabo así se designa al espacio de acuerdo y compatibilización de las diferencias, a la búsqueda de la síntesis donde los matices de la sociedad queden representados.
Para otros esto no existe, es el mero ejercicio de la imposición, avalado por la victoria y la propia construcción de poder. Esto ya no sería política en términos tradicionales. Y es esa doble visión la que convive en la dupla Fernández-Fernández.
En principio pareció que se distribuían las cuotas de poder y cargos de forma pareja y armónica, que había en el fondo un pacto de intereses y áreas claves que se respetaba.
Así, Cristina buscó fuertes injerencias, por ejemplo, en asuntos relacionados con la justicia, donde ocupó cargos claves con tropa propia, al igual que en áreas de injerencia social con alto manejo de presupuesto, mientras Alberto concentró decisión en materia de economía y relaciones exteriores, por dar solo algunos ejemplos.
Pero en los últimos días comenzaron las colisiones, y en áreas delicadas. El ejemplo más saliente fue en las negociaciones de deuda.
Por el lado de Nación, el equipo económico llevó adelante un programa de acuerdos, de cosechar apoyos, de reuniones de bajo perfil, pero con personas que pesan a la hora de las decisiones.
Completamente opuesto fue lo que hizo el gobernador bonaerense Axel Kicillof, que arrancó lanzando bravatas, amenazando, tratando de culpar a su antecesora de una deuda que él mismo le aprobó a Scioli en 2011, y que Cambiemos pagó sin chistar en los vencimientos que cayeron bajo su mandato.
Acostumbrado a fracasar con todo éxito en negociaciones de deuda, el bonaerense terminó poniendo billete sobre billete, demostrando que de nada le sirvió la amenaza, no logró una mísera quita, y ganó desconfianza.
Del otro lado debe haber habido algunas sonrisas socarronas, máxime cuando ha trascendido que el ministro de Economía estaría buscando renegociar aquel acuerdo con el Club de París que hizo Kicillof, otra vez tapándole la cara con billetes a los acreedores. ¿Qué cosas saldrán a la luz si ello ocurre?
El otro tema que mostró la grieta interna es el de los detenidos por corrupción. De un lado son presos políticos, y del otro, políticos presos.
Tanto el canciller Felipe Solá como el jefe de Gabinete Santiago Cafiero le bajaron el precio a las denuncias y aprietes de quienes los consideran mártires.
Para el Presidente no son presos políticos sino detenidos arbitrarios, una definición que sus aliados nunca habrían querido escuchar.
En apenas dos meses de gobierno, que se cumplen mañana, ya hay dos casos que muestran y anticipan las dificultades que enfrentará Alberto Fernández con su propia grieta interna, con un sector que aumentará su demanda y presión a medida que se vayan manifestando los problemas.
Es cierto que en Argentina, y en especial en el peronismo, gobernar con el enemigo en casa no es ninguna novedad. Pero en este caso, donde la relación de fuerzas parece tan equilibrada o, en todo caso, desfavorable para el sector moderado, la cuestión se torna de cuidado.
En síntesis, un sector se muestra negociador, cauto, componedor. El otro sigue fiel a la consigna “vamos por todo”. Pero ya no están en rol de gobierno y oposición. Están del mismo lado.
El pronóstico es difícil, y en el barco estamos todos.
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