Por José Urrutia
14 Enero de 2026 - 09:04
Tras el escenario de alta polarización, la CGT ha mutado su táctica de confrontación callejera por una de "lobby parlamentario quirúrgico", dado que la mesa chica de Azopardo entiende que el terreno legislativo es hoy su principal trinchera.
Por ello, han iniciado una ronda de contactos directos e intensos con gobernadores del peronismo y bloques dialoguistas para advertir sobre los riesgos de desfinanciamiento y pérdida de derechos que, según denuncian, conlleva el proyecto de modernización impulsado por el Gobierno nacional.
¿Cómo la CGT intentará bloquear el avance de la reforma laboral en el Congreso?
La estrategia de la central obrera se centra en "bombardear" los cimientos de la ley punto por punto para evitar su aprobación a libro cerrado.
El corazón del rechazo sindical se concentra en los artículos que tocan la línea de flotación de su financiamiento y representatividad.
Entre los puntos que pretenden eliminar o modificar destacan la limitación de las cuotas solidarias (aportes de no afiliados) y la flexibilización de la ultraactividad de los convenios colectivos.
"No estamos discutiendo solo leyes, estamos defendiendo la estructura social de la Argentina frente a un ataque ideológico", han deslizado fuentes cercanas a la conducción de la central.
Asimismo, los gremios buscan neutralizar la figura del "trabajador independiente con colaboradores", que el sindicalismo lee como un avance hacia la precarización encubierta y la pérdida de la relación de dependencia.
La táctica con los gobernadores es clara: convencerlos de que la paz social en sus provincias depende de mantener la columna vertebral del modelo sindical actual. "Si tocan las cajas de las obras sociales, el sistema de salud provincial va a colapsar por el derrame de pacientes", advirtieron los líderes de la central en sus últimas reuniones con mandatarios del norte y el centro del país.
La contraofensiva del Gobierno: cambios mínimos y blindaje fiscal
En tanto, en la Casa Rosada la instrucción es avanzar con cambios mínimos para no alterar el espíritu del proyecto original.
El oficialismo está jugando la carta de la "reactivación económica" para seducir a los legisladores indecisos, apelando a la necesidad de crear empleo privado en un contexto de estancamiento.
La negociación se ha vuelto un intercambio de favores donde la obra pública y el alivio fiscal para las provincias son la moneda de cambio para asegurar los votos necesarios en el Senado.

"Estamos dispuestos a escuchar sugerencias de redacción que brinden mayor seguridad jurídica, pero la base de la modernización laboral es innegociable", sostienen en el Ministerio de Capital Humano.
Paritaria política por un nuevo modelo de poder
El Gobierno apuesta a que el hartazgo social con las cúpulas gremiales juegue a su favor, aislando a la central en su reclamo corporativo mientras intentan fragmentar el voto de los bloques opositores.
Mientras los emisarios del Ejecutivo recorren los despachos del Congreso sumando adhesiones, la CGT apuesta a que los gobernadores "dialoguistas" actúen como un filtro que licue el proyecto antes de llegar al recinto.
El objetivo de mínima es quitar los "artículos lesivos" que afectan la caja gremial, y de máxima, forzar un retorno a comisión que dilate el tratamiento indefinidamente.
Metamorfosis de una CGT debilitada
En este escenario, el 2026 arranca con una paritaria política donde lo que se negocia es, en última instancia, el nuevo modelo de poder en Argentina.
Esto, teniendo en cuenta que se ve a una CGT que ha comenzado el año notablemente debilitada por sus propias fracturas internas.
El escaso recambio generacional en sus filas y la salida de la poderosa UTA de Roberto Fernández le han restado capacidad de presión en la calle. Y aquí el impacto no es menor: sin el gremio de los colectiveros, la central pierde su principal herramienta de paralización nacional.

La ausencia del transporte público en los planes de lucha le quita efectividad a cualquier medida de fuerza, dejando a la CGT con una capacidad de movilización reducida y obligándola, más que nunca, a depender de la muñeca política en los pasillos del Congreso nacional para evitar que la reforma laboral avance sin anestesia.
A este panorama se suma el repliegue de los dirigentes alineados con el kirchnerismo, que han perdido peso en la toma de decisiones, y la caída en desgracia del sector de Luis Barrionuevo, cuya influencia se ha diluido drásticamente tras los últimos reordenamientos políticos.
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