Por Daniel Gallardo
28 Febrero de 2021 - 10:00
La respuesta del presidente Alberto Fernández en conferencia de prensa internacional en suelo mexicano sobre lo que sucedió en el escándalo de las vacunas fue un golpe al sentido común, a lo correcto y al razonamiento de la sociedad argentina.
Como no podía ser de otra manera, los periodistas fuimos el flanco para que el jefe de Estado echara culpas de lo que se destapó y el contenido e ingredientes de lo que se destapó.
Con increíble actitud apuntó a la prensa por haber informado sobre partidas de vacunas contra el coronavirus que estaban siendo direccionadas a los amigos del poder, y al mismo tiempo, también se informaba sobre los santos privilegiados vacunados.
Fernández, por poco no lo colocó como a un mártir necesario de una cruzada arriesgada a su exministro de Salud Ginés González García, quien tenía que enfrentar las decisiones más difíciles en torno a un hecho que se mostró mortalmente hacia la sociedad argentina, procurando vacunar a todos sus ciudadanos.
Sin embargo, Ginés se esmeró en entregar inmunidad sanitaria a funcionarios, exfuncionarios, legisladores, gremialistas, empresarios y hasta a algunos conchabados de la farándula, incluidos los familiares de cada uno de estos castos.
A todo esto, el Presidente le encontró justificación con asombroso desparpajo y cual jefe de redacción de un diario, dio un listado de temas que al periodismo argentino nos debe preocupar en nuestra tarea profesional.
Mientras, al mismo tiempo, con la idiosincrasia chabacana que caracteriza a algunos sectores de la sociedad porteña, lanzó la frase, “adelantarse en la fila no es delito”.
En tanto, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, observaba la respuesta presidencial argentina como si estuviera escuchando un tema doméstico propio de nuestro país, que no hacía a la agenda de ambos presidentes, porque así de lo estaba mostrando su par argentino.
Cuando en realidad se trataba y se trata de un hecho grave de Argentina y el mundo, privilegiar inmunidad sanitaria contra el coronavirus entre políticos sobre el resto de la población.
Como consecuencia directa de este episodio puntual que nos mostró, nuevamente, un país improvisado y habitado por sinvergüenzas, aquí en nuestro suelo, desde el Gobierno y de sus seguidores redoblaron la apuesta y en sintonía con el Presidente, colocaron el tema en el plano de las nimiedades.
Lo hicieron acusando a la prensa del invento del vacunagate y justificando descaradamente que los que figuran en las listas de privilegiados vacunados son personal esencial para el país.
La reprochable actitud fue atravesada por una nueva y oportuna acción de la Justicia que sentenció al seudo empresario de la construcción Lázaro Báez a 12 años de prisión, acusado del delito del lavado de dinero por alrededor de US$ 55 millones.
Contundente fallo que alcanzó a sus hijos, compromete a muchos y podría alcanzar a la consciencia de todos los que permitieron que un exempleado de banco llegase a tener semejante fortuna, sin poderla justificar.
Fortuna mal habida que, de acuerdo con el fallo, debe devolver con todo el patrimonio que mostró ostentosamente. Como para creer que hay un costado de la Justicia argentina que todavía no fue limado por la oscura acción de los que pretenden pisarla para tapar todo lo que aquí ocurrió.
El caso de las vacunas vip no puede ser equiparado intencionalmente a la viveza criolla de sortear una fila de cine o supermercado.
Estamos hablando del COVID-19, un virus que nos tiene a todos acorralados; o nos contagia o nos mata, no hay alternativa.
Salvo vacunarse, y ahí saltó el inmundo privilegio de los que creen tener todo el derecho sobre el derecho generalizado a la vida de todo un país, cuyos ciudadanos continúan infectándose o preparándose a que se apaguen sus vidas con un hilo de oxígeno en sus pulmones contaminados de muerte.
Este es otro capítulo de la dura historia que deben sobrellevar los argentinos, con una pandemia que está sobre sus cabezas cual guadaña de la muerte. Mientras, desde la cabeza del país se vacuna a los amigos y quieren dar clases de moral.
Tan patético como inadmisible.
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