Por Enrique Villalobo
14 Julio de 2025 - 08:30
Es difícil encontrar un sola razón para refutar el desprecio de las mayorías por la política, entendiendo como tal en la Argentina a todo lo referido a quienes ejercen la función pública. La lentitud o la desidia para resolver los problemas de la gente, cuando no el desprecio hacia el ciudadano, alejan cada vez más a las personas del concepto que el Estado lo integramos todos.
La burocracia exacerba la ansiedad natural por lograr algún alivio o, si se pudiera, solución para los sectores sociales a los que las condiciones de vida no les son nada gratas.
Condiciones de trabajo que para un gran número de habitantes no son las mejores, ni generalmente están bien remuneradas, medios de transporte caros e incómodos. Todo esto solo entre algunos de los gastos que las familias deben afrontar ya en términos definidos de pobreza, aunque la esperanza inquebrantable les haga creer que pertenecen a la clase media.

Entonces es muy difícil que la población se preocupe por algo que no sea pagar las deudas, los servicios, comprar alimentos y poder mandar a los hijos a estudiar, aunque cada vez son más los que descreen que el estudio sea un nivelador social.
Del arte de legislar al circo de los gritos
No obstante este desalentador panorama y a pesar del descreimiento creciente sigue expresándose peligrosamente en la indiferencia. Los bajos índices de asistencia a votar en las elecciones muestran que se está dejando un vacío de opinión y expresión, o si se quiere de reclamo directo por las necesidades más urgentes.
Qué pude pensar aquel que va a por su voto a una lista cuyos integrantes no conoce, y además de cobrar un abultado salario, cómo se lo convence de que la democracia es el principio más genuino para garantizar la convivencia en paz, quién le explica que la instituciones republicanas no le van a regalar nada pero que bien llevadas son las que sostienen un sistema en el que se puede progresar con el trabajo honesto.

Misión
Los legisladores no están en su lugar para gestionar las cosas urgentes del Estado, no gobiernan, aunque formen parte algunos del mismo partido del Poder Ejecutivo. Y no tienen que estar presentando en forma ininterrumpida proyectos que la mayoría de las veces son de poca importancia.
Su función, además de sancionar leyes realmente necesarias, es equilibrar el poder, parlamentar en busca de acuerdos y dentro de lo posible, aportar con ideas aplicables al bienestar general.

De todos modos el bochorno ocurrido en la última sesión echa por el suelo cualquier explicación que vaya en favor de lo que debería ser una actividad honorable.
La idea de que el parlamento es el foro de debate en busca de entendimiento ahora no es más que el reflejo de la ruptura del tejido social, de la pérdida del sentido de virtud republicana y del olvido del respeto democrático.
En realidad la violencia de la calle expresada en escraches, agresiones y vandalismo, es lo que finalmente se expresó en el recinto, ahí está la gente que somos.

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