Por Ciudadano.News
25 Abril de 2021 - 09:59
La historia de la guerra es una ininterrumpida carrera por encontrar y usar un “arma definitiva” que deje, literalmente, a nuestros enemigos sin un mañana. Ello se hizo realidad aquella fatídica mañana del 6 agosto de 1945, cuando un artefacto atómico detonó sobre la ciudad japonesa de Hiroshima.
A partir de allí el mundo supo que el “arma definitiva” había sido inventada. Pero era cara, difícil de producir y no todos tenían ni el presupuesto ni el conocimiento para procurarse una. Entonces fue que surgieron o, en realidad retomaron, porque siempre habían existido, las “armas definitivas” de los pobres.
Vale decir, las químicas y las biológicas, a las que se agregan hoy las genéticas, tales como los virus, las bacterias, los insectos o los hongos modificados genéticamente.
Si bien no podemos afirmar que la expansión del COVID-19 se haya debido a un intento deliberado de guerra biológica, tampoco lo podemos descartar de plano, ya que se sabe que hay varios países que invierten medios y tiempo tanto en el desarrollo como en las contramedidas destinadas a la producción de armas biológicas y genéticas. Entre ellos, se destacan los EE. UU. la Gran Bretaña, Rusia y China.
Por eso mismo no nos debería extrañar que esos países estén a la cabeza de los desarrollos científicos destinados a desarrollar y producir una vacuna contra el COVID-19. Obviamente, solo ellos pueden impulsar desarrollos completos.
Como es el caso concreto de los EE.UU., la Gran Bretaña, Francia, Alemania, China, Israel, Corea del Sur y Japón y, en menor medida, países como la Argentina, Brasil y Sudáfrica, que tienen una buena industria farmacéutica. Como se ve a primera vista, un esquema casi igual al de quienes poseen armas atómicas y tecnología nuclear.
En este sentido no nos debería extrañar, tratándose de una competencia geopolítica, que su primera víctima haya sido la verdad científica, ya que no han sido pocas las acusaciones y las suspicacias mutuas entre Estados, instituciones científicas y laboratorios farmacéuticos asociados a ellos.
Pero, ¿qué es lo que sabemos con cierta certeza? Veamos: La vacuna germano-estadounidense Pfizer-BioNTech (tipo ARN) comenzó a ser aplicada en los EE.UU. y en Canadá pese a graves problemas de producción y a acusaciones cruzadas de malos manejos financieros de su dirigencia empresaria. La vacuna norteamericana de Johnson&Johnson (ARN), luego de ser autorizada para ser aplicada en los EE.UU. las autoridades sanitarias han suspendido su aplicación. La vacuna de la Universidad de Oxford (ARN), producida por el laboratorio AstraZeneca y cuyo principio activo se fabricará en el laboratorio argentino mAbxience, ha encontrado serios problemas con efectos colaterales indeseables en la UE. De hecho, Dinamarca ha prohibido su aplicación. La vacuna rusa Sputnik V (adenovirus) y la china Sinopharm (virus inactivado), que se aplican masivamente en la Argentina, están a la cabeza de las más efectivas y seguras del mundo. Por su parte, la china Sinovac, que se aplica en Chile, ha demostrado tener una muy baja efectividad tras la primera dosis, porque se habla de la necesidad de aplicar tres dosis de ella. A las conocidas es de esperar que pronto se sumen otras aún en desarrollo, como las cubanas Soberana Plus y Abdala, la francesa OSE, la japonesa KM y la turca Middle East Technical.
Pasando al otro lado del mostrador, vale decir al de los vacunados, los países que más inocularon en el mundo –tomando el porcentaje de primera dosis de vacuna por habitante– son Israel, con un 61,8% (sin contabilizar los territorios ocupados de Gaza y Cisjordania); Reino Unido, con un 48,5% (el mejor de la UE); EE.UU., con un 39,5%, y Canadá con un 24,6%.
En Iberoamérica, en tanto, van adelante Chile con un 40% (aunque con problemas de calidad de vacunas) y Uruguay con un 30,7%; le siguen Argentina con 12,2% y Brasil con 11,6% y cierran la tabla México con un 8,8 %, Colombia con un 5,1% y Venezuela con solo un 0,8%.
Pero volviendo al título de esta entrega, que es sobre la Geopolítica de las vacunas, podemos concluir lo siguiente: Tal como anticipamos, la obtención de las dosis suficientes para toda una población nacional se pondría difícil, especialmente para los países periféricos como el nuestro. Aquellos países que han podido desarrollar y producir su propia vacuna se encuentran a la cabeza de los más favorecidos, seguidos por los que han podido producirlas y por los que, sin desarrollar y/o producir vacunas, han contado con los fondos necesarios para poder pagar por anticipado las dosis necesarias.
Como todos conocemos y no es necesario explicar a los lectores, la República Argentina, por un lado, no pasa por un buen momento económico, pero por otro lado, cuenta con la capacidad científica-tecnológica- industrial para producir, al menos, vacunas contra el COVID- 19. Veamos.
Para empezar, en rigor de verdad, la Argentina ya se encuentra produciendo en la planta del laboratorio farmacéutico mAbxience, en Garín, provincia de Buenos Aires, hasta 250 millones de dosis de la vacuna de Oxford AstraZeneca.
Este laboratorio, que se dedica a producir medicamentos para enfermedades oncológicas y autoinmunes, “...es una de las plantas más modernas que hay en el mundo", como destacó el empresario argentino Hugo Sigman, dueño del Grupo Insud, al que pertenece mAbxience.
Sin embargo, por razones que desconocemos, luego de un acuerdo preliminar la empresa no llegó a un acuerdo final con el Gobierno argentino, por lo que se la fabrica pero no se la distribuye en el país.
Pero no desesperemos. Aún nos queda la posibilidad de que el laboratorio Richmond construya una planta para fabricar la vacuna Sputnik V en la Argentina. La empresa tiene 85 años de trayectoria y ya había anunciado un plan de inversiones que incluye a la producción de la vacuna rusa, que comenzará lo antes posible cuando finalice la construcción de una nueva planta en Pilar, lo que se mantuvo en secreto hasta hace muy poco.
Concretamente, el 4 de febrero el presidente Alberto Fernández recorrió en Pilar la planta de la empresa que preside Marcelo Figueiras, y dijo: “Es un proceso de un año, por lo menos, con lo cual no es para crear expectativas ahora, sino el día de mañana no caer de nuevo en esperar a que lleguen vacunas de afuera y tener una producción local”.
El laboratorio Richmond informó el 20 de abril que finalizó la elaboración de los primeros lotes de prueba de la vacuna Sputnik V contra el coronavirus y que los mismos ya fueron enviados al Gamaleya Center (el instituto ruso que desarrolló la vacuna) para su evaluación.
Según ampliaron luego en un comunicado, está previsto que la producción a gran escala de la Sputnik V en el país comience en junio. La Argentina, entonces, será el primer país de América del Sur en fabricar oficialmente la vacuna en su territorio, con lo que la inoculación podría comenzar antes de fin de año.
Como ya hemos explicado en artículos anteriores (ver 'La geopolítica de las vacunas I' y 'La geopolítica de las vacunas II'), hay una Geopolítica de la vacuna, lo que implica que estamos frente a algo complejo y complicado, por lo que el remedio más seguro – al menos por un tiempo– será el cuidarnos y ayudar a los que nos cuidan.
El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.
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