Por Emilio Luis Magnaghi
8 Noviembre de 2024 - 12:05
Los mendocinos estamos acostumbrados a los movimientos subterráneos de la Madre Tierra y, en consecuencia, sabemos de las escalas sismológicas: la Mercali original y la modificada, que se usan para medir su intensidad.
Podemos usar el símil con la reciente victoria de Donald Trump en la elección presidencial en los EE.UU., a la que podemos calificar de "Muy Fuerte" o de casi "Destructivo".
Como indica la mencionada escala, se han sacudido las propias estructuras del sistema político estadounidense, con derrumbes parciales, como ha sido en este caso el de los pilares del Partido Demócrata, a saber: las mass media, los celebrities hollywoodenses y los yuppies, tanto de la Costa Oeste como la Este, a la par de los académicos más encumbrados de Harvard y Yale.
Mientras que, por el contrario, las clases medias y las mentes más conservadoras se han sentido representadas y han visto renacer la esperanza en volver a vivir en una Nación grande.
En pocas palabras, se ha impuesto el candidato que ha sabido representar mejor al sueño americano, que venía bastante alicaído, en la opinión de muchos, por un mal gobierno -el de Joe Biden y Kamala Harris-, más preocupado por invertir sus cuantiosos medios financieros en guerras exteriores perdidas antes que en la solución de sus graves problemas domésticos, tales como la creciente inflación, el desempleo, la inmigración ilegal y la epidemia de los opioides.

Más allá del júbilo de muchos, tanto dentro como fuera de los EE.UU., falta la friolera de 76 días para que el nuevo presidente comience a tomar medidas concretas de gobierno.
Esto es así porque el sistema electoral de los EE.UU. no es uno de tipo directo, sino indirecto, lo que implica que se debe dar una serie de pasos constitucionales bien definidos para proclamar a Trump ganador de la elección y, en consecuencia, como el 47º presidente de los EE.UU.
La Argentina y la bomba atómica
Concretamente, la 20ª Enmienda de su Constitución afirma que el mandato del presidente "termina" al mediodía del 20 de enero, lo que implica un interregno de 76 días desde las elecciones. Todo está cuidadosamente delimitado por varios hitos importantes, a saber:
- El 8 de diciembre se conoce como el "puerto seguro" y es la designación de los 538 electores que integran el Colegio Electoral. Los electores no se reúnen hasta seis días después, es decir, el 14 de diciembre, pero cada Estado debe nombrarlos antes de la fecha del puerto seguro para garantizar que el Congreso acepte sus credenciales.
- "El primer lunes después del segundo miércoles de diciembre", cuando los electores se reúnen en los 50 Estados y en el Distrito de Columbia para emitir sus votos para presidente, este año cae el 15 de diciembre.
- "El tercer día de enero", cuando se conforma el Congreso recién elegido, y "el sexto día de enero", cuando la Cámara de Diputados y el Senado se reúnen conjuntamente para un conteo formal de los votos del colegio electoral.
- Una aclaración: aunque se presume que los electores serán todos elegidos por voto popular, nada en la Constitución dice que tenga que ser así. El artículo 2 dispone que cada Estado nombrará a los electores "en la forma que la Legislatura del mismo pueda ordenar".
- Se asignan 35 días posteriores al día de la elección para que se resuelva el recuento y las demandas correspondientes.
- Otra aclaración: el conteo final de los votos dista de ser rápido, ya que las boletas pueden demorar en llegar de una semana a diez días en algunos Estados.
Por suerte, la candidata perdedora, Kamala Harris, ya ha pronunciado las palabras mágicas de la concesión del triunfo a su contrincante, Donald Trump. Cumpliendo con un ritual que tomó su forma contemporánea en 1896, cuando en la noche después del cierre de las urnas de ese año, el candidato presidencial demócrata, William Jennings Bryan, le envió un telegrama a su rival republicano, William McKinley, expresando sus felicitaciones por su triunfo.
Recordemos la incertidumbre de la última elección, cuando Donald Trump no hizo lo propio.
Pero más allá de este largo interregno y con problemas de todo tipo que no parecen detenerse para esperar su toma de posesión, podemos pasar a analizar las consecuencias de las prometidas decisiones del nuevo presidente en la política exterior de los EE.UU. y de cómo nos pueden beneficiar o no. Vamos a ello:
1) Es de esperar que en los grandes conflictos en desarrollo, especialmente la guerra entre la Federación Rusa y la OTAN, lejos de ser incentivados desde la Casa Blanca, se abra una ventana de oportunidad para negociaciones de paz serias. Obviamente que estas no son buenas noticias para el ignífugo presidente de Ucrania, Volodomir Zelenski, ya que deberá abandonar sus planes de recuperar el Donbás y olvidarse de seguir recibiendo una ayuda irrestricta por parte de los EE.UU.
De paso, la Unión Europea deberá tomar nota de todo ello, y si Trump cumple con sus promesas de desfinanciar a la OTAN, poner sus barbas a remojar.
2) Por el contrario, no sería esperable ver grandes cambios en la política de la nueva administración estadounidense respecto del conflicto que mantiene el Estado de Israel con varios de sus vecinos. Es más, podría manifestarse un apoyo con menos restricciones al gobierno de Benjamin Netanyahu.
3) Un frente que podría complicarse son las ya complejas relaciones comerciales con el gigante chino, ya que el nuevo ocupante del Despacho Oval no ha ocultado su voluntad de enfrentarlo, al menos, en lo comercial y en manufacturero, con un renovado proteccionismo arancelario.
4) Otro conflicto que se incrementará sin duda alguna, es el de la inmigración ilegal, lo que seguramente llevará a Trump a un enfrentamiento con la nueva presidenta de México, Claudia Sheinbaum, quien se hubiera sentido mucho más cómoda con un triunfo de Kamala Harris.
5) Finalmente, la Argentina podría disfrutar de ventajas con la ayuda de Trump para recuperar el acceso al mercado y cerrar con el FMI, así como otros tratos comerciales bilaterales (incluidos la adquisición de sistemas de armas para nuestras FF.AA.). Pero, por otro lado, un dólar fuerte complicaría la política cambiaria del Gobierno.
Vaya a ser como vaya a ser, los presidentes electos son famosos por no cumplir con todas sus promesas de campaña. Conviene, en ese sentido, que los argentinos nos acomodemos al viejo lema realista de no alegrarse ni entristecerse demasiado en la vida con nada en particular.
Y, en cambio, trabajar cada día en favor de nuestros intereses concretos, ya que esa es la mejor escuela para la victoria.

El doctor Emilio Luis Magnaghi es director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.
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