Por Fernando García
22 Noviembre de 2023 - 09:39
El cambio es inevitable. Todo en la vida está en movimiento: nosotros, los vínculos, las ideas, los cuerpos, el mundo. Vivir implica transformarse, adaptarse, soltar y sostener, a veces al mismo tiempo. El cambio —simplemente— no se detiene.
"Todo fluye", decía Heráclito. No es sólo una frase filosófica: es una advertencia existencial. Quien se aferra demasiado a lo que fue, quien intenta fijar lo que está en movimiento, termina sufriendo el desajuste entre la realidad y su deseo.
En Occidente aprendimos a apegarnos. A guardar, conservar, retener. Sin embargo, desde el budismo se nos recuerda que aquello que no aceptamos como transitorio termina por doler más. La paz llega cuando reconocemos la impermanencia como parte de la vida, no como una amenaza.
Aristóteles proponía buscar un sentido en cada tránsito, incluso en la incertidumbre. No se trata de celebrar el cambio, ni de temerlo: se trata de comprenderlo. A veces, dar significado es la única manera de atravesarlo.
Pensemos, por un instante, en un efemeróptero: un insecto cuya vida dura apenas un día. Si tuviera conciencia de ello, ¿se paralizaría o viviría con más intensidad? Tal vez nuestro problema no es que la vida sea corta, sino que olvidamos que lo es.
Algo parecido ocurre con el tiempo que media entre un gesto y su llegada. Una carta esperada durante semanas tiene un peso que un mensaje instantáneo rara vez alcanza. Quizás lo que tarda en llegar también construye valor. Lo que aparece rápido, se va del mismo modo.
Hoy transitamos una época de aceleración constante. Aprendemos, sentimos, deseamos y olvidamos a gran velocidad. Las redes sociales amplifican ese vértigo. Todo se etiqueta: gustos, personas, vínculos, pensamientos. Un sistema de tags que clasifica, sí, pero que también reduce.
Y en esa reducción perdemos algo esencial: el misterio.
La posibilidad de conocer sin apresurar conclusiones.
La oportunidad de sorprendernos.
Aceptar el cambio no significa entregarse a la turbulencia. Tampoco permanecer inmóvil. A veces la vida se parece a estar en arenas movedizas: si te quedás quieto, te hundís; si te agitás desesperadamente, también. La salida aparece cuando encontramos algo firme fuera de nosotros, algo que nos sostenga: una misión, un vínculo, una comunidad, una palabra que llega a tiempo.
Tal vez la eternidad no esté en lo que dura, sino en lo que toca.
En la profundidad de un encuentro.
En la autenticidad de una experiencia.
En un nombre que no se reduce a una etiqueta.
Tempus fugit. El tiempo vuela.
Aceptemos el cambio, sí.
Pero vivamos con intensidad, con sentido, con presencia.
Que nuestro nombre no se convierta en un simple tag.
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