Por Enrique Villalobo
5 Enero de 2025 - 07:49
Un nuevo año electoral ha comenzado, de gran interés para los aspirantes a algún cargo en cualquiera de los cuerpos legislativos repartidos por el territorio nacional, pero de gran fastidio para el resto de los argentinos por diferentes motivos.
Los que perciben una mejora en sus condiciones económicas, o al menos ya no ven su futuro como algo impredecible tirando a malo, irán sin duda a votar a la expresión mileísta que tengan en su distrito.
Los que están igual que antes pero ven el freno al crecimiento de la inflación y el acceso a la oferta de créditos personales en los bancos también votarán a las listas legislativas de los libertarios.

Los que han conservado sus empleos y ven picar cerca las balas de los despidos, no ven alternativa para las cosas cambien. Si son empleados públicos rezan para que nadie se acuerde de ellos, si son privados rezan porque la política económica no se lleve por delante a sus empleadores, y como el miedo nos vuelve conservadores irán a votar por la gente de Milei.
Los que prácticamente viven de los subsidios y que han recibido algún pequeño aumento en esas dádivas del Estado, no quieren remover el avispero para no irritar a los que deciden, por lo tanto, votemos a la gente que está ahora al mando.
Los jubilados, siempre postergados y ahora castigados con el ajuste, puede que no quieran votar por haber superado los 70 años, o no sepan a quien votar porque siempre fueron olvidados, o puede que algunos pocos, como se ha escuchado, tengan aún esperanzas en que el sacrificio va a tener su recompensa.

Los desempleados más recientes, que no asimilan aún el golpe y más si tienen una edad de difícil reintegro al campo laboral, puede que no voten por bronca, decepción, depresión o indiferencia. Pero algunos que tienen esperanza en que alguna recuperación económica prometida los ponga otra vez en carrera, votarán a "las ideas de la libertad".
Los más pobres y los indigentes van a votar si quieren, tal vez las personas mayores por costumbres heredadas, esos no votarán por el mileísmo. Algún sector de los jóvenes que confía en que la situación va a cambiar puede que le ponga la tilde a las listas libertarias.
Los que han caído fuera del sistema no tienen ningún interés en expresarse porque ven en el que está un poco más arriba en la escala social al responsable de su situación. Como su principal fin en la vida es mal alimentarse y cubrirse con harapos dependen de la caridad, de la lástima y de la indignidad de pedir limosna, a nadie le importa que voten y a ellos tampoco les importará.

Entonces contra quién tendrá que pelear la gente de la Casa Rosada. En el Congreso tienen para ganar la mayoría de las bancas que los otros partidos y frentes ponen ahora en juego.
Las divisiones internas del PRO y la UCR y la debilidad de expresiones como CC-ARI, los otros grupos peronistas no K y provinciales no cuentan con fuerza propia ante la evidencia de resultados y reformas que prometen y avizoran mejoras palpables para la vida de los argentinos después de tantos años de desatinos.
Seguramente estas expresiones tendrán un apoyo más por principios ideológicos y políticos que por convicción de que pueden hacer las cosas mejor de los que están ahora, aunque hasta ahora no se ha superado mucho el plano de la proclama y la diatriba contra los que piensan distinto.

En tanto el peronismo kirchnerista parece tener ahora dos versiones, una encarnada en Cristina y la otra en el gobernador bonaerense Axel Kicillof. Como marca sigue manteniendo un piso sólido sobre todo en la provincia de Buenos Aires, trasladando los números a la alta imagen tanto del mandatario actual como de la expresidenta.
Ambos sin una propuesta viable que mostrar, acosados por causas judiciales y con el recuerdo cercano del desquicio de gobernar dieciséis años prometiendo la gloria, mintiendo y convirtiendo a la Argentina en un país olvidado del mundo.
Así las cosas, la gente que es quien realmente debería decidir, tendrá otra vez que elegir por descarte entre, por una parte, un personaje novedoso que sabe tocar la cuerda de la ansiedad por salir del pozo, como sea, sin reparar en los valores de la democracia, y por la otra, las figuras repetidas que no tienen mucho que ofrecer pero que saben aprovechar para el discurso propio las medidas antipopulares del gobernante.
Año muy especial este 2025, de esos que llaman bisagra, de todos dependerá que sea un año bueno.

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