Por Ciudadano.News
4 Noviembre de 2022 - 09:05
Para empezar, lo que expresa el título de esta nota no es una cuestión futbolera. Es más, podría pronunciarse también en castellano y hasta en inglés porque se trata de un lamento político. Uno que han sufrido, como lo muestra el siguiente cuadro, todos los oficialismos que han perdido 21 de las últimas 22 elecciones celebradas en la América de Sur.
Además, se podrían agregar las elecciones perdidas por Donald Trump en los EE.UU. frente a Joe Biden en noviembre del 2020, con lo que tendríamos un panorama americano.
Por ello, creemos que cuando se analiza una sola elección sin considerar este contexto, se cometen los siguientes errores:
1º) Se tiende a dividir a los triunfos y/o derrotas de los oficialismos como avances/retrocesos, ya sea a la Izquierda o a la Derecha, y a una suerte de movimiento pendular que habría entre ambos extremos.
2º) En consecuencia, se pasa por alto que el derrotado no lo ha sido por pertenecer a tal o a otra corriente política, sino por no haber solucionado los problemas básicos que debe acometer la política. En otras palabras, ha sido derrota del oficialismo, es decir, quien estaba ejerciendo las funciones de gobierno.
Entonces, cabe que nos preguntemos qué es lo que en realidad está sucediendo.
Lo primero que hay que reconocer es que la política tradicional, tal como la conocemos –y que en la Argentina lleva ya más de 40 años– está dando muestras de un fracaso rotundo en la solución de problemas básicos para la vida humana, tales como la alimentación, la vivienda y los servicios sanitarios y educativos. En este sentido, ya no sorprende que cada año los indicadores, por ejemplo, tanto de la pobreza como de la indigencia, sigan creciendo hasta llegar a niveles cada vez más escandalosos.
Pero este fenómeno parece no quedar circunscrito a nuestras playas, ya que los intensos desórdenes sociales que han vivido y que viven países vecinos como Chile, Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia, muestra que se trata de una realidad extendida. Es más, el hecho de que estos tengan lugar en lugares con una reconocida eficiencia económica como son los de Chile, Perú y Colombia, nos advierten que sus causas no son solo materiales.
Los apretados fracasos del oficialismo de Donald Trump en los EE.UU. y, muy recientemente, de Jair Bolsonaro en las elecciones en Brasil, nos muestran que hay algo más. Que al margen de los resultados económicos hay algo que divide a los votantes, tanto o más que las cuestiones materiales.
Si analizamos los dos últimos casos citados –los EE.UU. y Brasil–, vemos algunas características comunes en ambos.
a) Tenían sus administraciones un más que aceptable rendimiento económico a su favor.
b) Fueron muy criticados por su enfoque minimalista respecto del tratamiento de la pandemia del COVID-19.
c) Dispusieron de posturas ideológicas duras identificadas con ideas relacionadas con cuestiones morales y éticas como el aborto, la ideología de género y otras cuestiones similares.
d) No fueron derrotados por un amplio margen. Todo lo contrario, lo fueron por márgenes muy estrechos, ya que en sus filas se encolumnó más o menos casi el 50% de sus respectivas sociedades.
Todo lo descrito nos lleva a concluir, por un lado, que vivimos en sociedades profundamente divididas por temas de naturaleza cultural, aunque de aplicación individual, relacionados con cuestiones biológicas básicas como el derecho a la vida, la libertad, la sexualidad, etcétera. Y, por el otro, que ambas posturas no han dejado de irse radicalizando hacia extremos cada vez más irreconciliables. Llegado a este punto es difícil discernir cuál fue la causa principal, si es que hubo una, que determinó que estos oficialismos fueran derrotados en las urnas.
Por otro lado, otra característica nueva es que en las elecciones nacionales han comenzado a actuar actores no tradicionales, tales como poderosas ONGs globales, organizaciones multinacionales y hasta gobiernos extranjeros que han impulsado a uno u otro bando político nacional en la pugna electoral en busca de impulsar sus respectivas agendas.
En ese sentido, la última elección en Brasil da para todos los gustos, pues hemos presenciado desde las recomendaciones del Departamento de Estado de los EE.UU. a favor del reconocimiento de la victoria del candidato opositor, Lula da Silva, hasta sugerencias “non sanctas” a Bolsonaro para que desconociera tales resultados.
En el caso referido, cuestiones como el uso adecuado de la Amazonía parecen haber motivado la opinión y la intervención, por ejemplo, del presidente de Francia, Emmanuel Macron, o el de Colombia, Gustavo Petro, una cuestión insólita, pues ese espacio geográfico está bajo la soberanía del Brasil. O tal vez lo que se propone -en realidad- sea un cambio a cómo funcionan las soberanías estatales, pasando de un sistema exclusivo a otro compartido.
Sea como sea, más vale ir abriendo el paraguas porque, como está visto, está lloviendo. Y la Argentina, Dios mediante, tendrá elecciones presidenciales el próximo año.
Siguiendo la tendencia, sería lógico concluir que el actual oficialismo será, casi con certeza, derrotado. Pero nos quedaríamos cortos si esa fuera nuestra única conclusión, pues si nos movemos cuatro años más, no al 2023, sino al 2027, tendríamos que preguntarnos qué debería hacer ese nuevo oficialismo para no ser derrotado como marca la tendencia.
Pero, eso estimado lector, es toda una nueva historia…
El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.
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