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Guerra nuclear: ¿lo impensable es posible?

Analizando el giro del enfrentamiento bélico entre Rusia y Ucrania concluimos en que es necesario aplicar el sentido común para evitar el fin de la civilización tal como la conocemos

22 de abril, 2022 - 08:04

Por lejos, los armamentos más importantes de las principales potencias militares son, por supuesto, sus armas nucleares y los vectores portadores de las mismas. Desde el instante en que la primera bomba fue lanzada sobre Japón, su poder quedó revelado para todos. A partir de ese momento, también se inició la carrera armamentista nuclear, la que ha durado hasta nuestros días.

Estados Unidos fue el primer país en tener la bomba y en usarla con efectos devastadores en Hiroshima y Nagasaki, y por cuatro años disfrutó de su monopolio. En 1949 ese dominio fue roto por la URSS de Joseph Stalin. A partir de allí, el número de países con arsenales nucleares ha continuado creciendo: la Gran Bretaña, Francia, China, la India, Pakistán, Israel y Corea del Norte se han unido al club.

El número de otros países -incluido el nuestro- que a pesar de no haberlo intentando pueden tenerlas en sus arsenales o ser capaces de ensamblarlas rápidamente, es amplio. Pero no tienen la intención de hacerlo, siendo la primera vez en la historia en que un número importante de gobiernos ha elegido deliberadamente no desarrollar un arma que, desde el punto de vista técnico y económico, están en condiciones de adquirir fácilmente.

La falta de voluntad de varios Estados de procurarse de armas nucleares se explica cuando uno examina los beneficios políticos de poseerlas o no, al margen de que los desarrollos de programas de armas nucleares ha puesto una tremenda presión a los recursos técnicos y financieros de países pobres como China, India y especialmente Pakistán. Los que las poseen, aún en grandes cantidades, no les han podido sacar gran utilidad en un sinnúmero de situaciones de conflicto o simples crisis.

Por ejemplo, cuando en 1945, durante la conferencia de Potsdam, Stalin no pudo ser adecuadamente impresionado por el anuncio del presidente Truman sobre “la bomba”. A lo largo de los cuatro años siguientes el monopolio nuclear norteamericano fracasó en detener a los soviéticos en la consolidación de su imperio en Europa oriental. Es más, le costó el puesto al general estadounidense Douglas MacArthur, durante la Guerra de Corea, cuando quiso usar la bomba contra China.

Otra ocasión en la que se amenazó seriamente con usar armas nucleares fue durante la crisis de los misiles en Cuba, en octubre de 1962, cuando Nikita Khrushchev agitó sus misiles intercontinentales, los cuales no poseía, como se supo más tarde. Aun allí, la manera en la cual el presidente J. F. Kennedy manejó la crisis imponiendo un bloqueo, tuvo por objeto ofrecerle a Khrushchev una salida mediante la proposición de retirar los misiles norteamericanos de Turquía.

Las posibilidades de que el Presidente realmente ordenara apretar el botón fueron, en palabras del asesor de Seguridad Nacional McGeorge Bundy, de una en cien. Aun esa escasa posibilidad fue suficiente para darle al mundo un susto que le ha durado hasta el presente y ha ayudado para abrir el camino para un número de acuerdos internacionales tendientes a evitar la proliferación del armamento nuclear.

Sin embargo, muy recientemente, vemos que las posibilidades de su empleo supera por largo aquel uno en cien de la Crisis de los Misiles de Cuba, ya que, concretamente, lo ha dicho con todas las letras el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, quien empleará sus armas estratégicas (un eufuismo para nucleares) si la existencia del Estado ruso se ve amenazada.

Pero Rusia ¿está siendo seriamente amenazada como para tornar creíble su promesa? Veamos.

El jefe de la diplomacia de la Unión Europea (UE), Josep Borrell, durante su visita a Kiev deseó que el conflicto se resolviera por medios militares no por la diplomacia. “Esta guerra hay que ganarla en el campo de batalla”, tuiteó Borrell, una declaración que se hizo por primera vez en la historia de la UE.

“La OTAN está desarrollando planes para un despliegue a gran escala de fuerzas armadas en sus fronteras orientales en relación con la creciente actividad militar de Rusia”, dijo Jens Stoltenberg, el secretario general de la alianza, quien enfatizó que alrededor de 40.000 efectivos militares ya están desplegados en el flanco oriental, y señaló que su número es unas diez veces mayor que el de hace tres meses y seguirá creciendo.

Por su parte, el ministro de Defensa de Estonia, Kalle Laanet, reconoció que las sanciones económicas contra Rusia aún no han surtido efecto. "Se han agotado las opciones pacíficas para obligar a la Federación Rusa a obedecer, solo quedan las militares", dijo.

Las acciones siguen a las palabras. El crucero misilístico ‘Moscú’ fue hundido y hay quienes creen que esto fue posible por la provisión de armamento occidental a Ucrania. Por otro lado, cada día hay más evidencias de miles de voluntarios occidentales, bajo el formato de compañías militares privadas, que combaten al lado de Ucrania y en nombre de la OTAN.

La guerra no tiene su propia lógica pero sí su propia gramática, y muy bien una cosa puede llevar a la otra. Así, durante la Guerra Fría hubo muchos intentos para encontrar modos de hacer el mundo más seguro ante una guerra nuclear mediante la imposición de límites a la misma. Por ejemplo, Henry Kissinger, entre otros, sugirió que las potencias nucleares acordaran no usar bombas con un poder mayor de 150 o 500 kilotones, lo suficiente para lidiar con cualquier blanco, dado que Hiroshima y Nagasaki fueron devastadas por bombas de 14 y 20 kilotones, respectivamente.

Hoy por hoy, han resurgido los expertos militares que sostienen que el empleo de las denominadas armas nucleares tácticas no sería tan grave y que hasta podría tolerarse su uso acotado.

Ya se ha vuelto a hablar de diseñar una “estrategia de guerra nuclear” en la que sea posible “limitar” el daño. De “articular una estrategia” basadas en los nuevos dispositivos que son mucho más precisos que las primeras bombas, pues tienen la capacidad de apuntar a blancos endurecidos tan pequeños como un edificio, lo que permite que el poder de las cabezas de combate sea reducido en una magnitud tal y sin pérdida de su efecto destructivo.

Cabezas de combate pequeñas y precisas podrían ser usadas para darles a los respectivos presidentes “opciones flexibles” que podrían ser usadas, como “disparos nucleares de amplio espectro”, lo que significa que un bando podría amenazar al otro explotando un arma nuclear en algún lugar, contra un portaaviones, por ejemplo. En lugar de ir a una guerra ilimitada, ellos serían capaces de destruir una base militar aquí, tal vez una pequeña ciudad más allá, actuando a discreción y monitoreando constantemente las reacciones del otro lado. El objetivo a alcanzar sería el denominado “dominio escalonado”, es decir asustar al enemigo hasta su rendición.

Unos pocos estrategas más personalistas han ido aún más lejos. Por ejemplo, un país podría “decapitar” a su adversario mediante ataques a miembros selectos del gobierno y a los centros de comando y comunicaciones. La fraseología es a menudo misteriosa, comparable con los debates bizantinos de la Edad Media sobre si los ángeles tenían sexo o no.

Tal vez convenga concluir con una apelación al sentido común. Uno que nos advierte que si las armas nucleares no han sido usadas antes en tantas ocasiones que pareció propicio su uso, fue porque quienes tenían el poder de decisión intuyeron que podría acarrear el fin de la civilización tal como la conocemos.

 

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.