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Grabois, la familia Ingalls y la ignorancia

El relato coral de lo acontecido en una estancia de Entre Ríos encuentra voces que describen cosas distintas para el mismo hecho.

01 de noviembre, 2020 - 12:11

Alguno de los maestros del neorrealismo italiano seguramente se regodearía con el guión y produciría una obra maestra.

Ironía, sarcasmo, un poco de prejuicio y actores a la medida harían una gran película, pero lamentablemente en estos tiempos todo eso resultaría ofensivo, ya que hasta las bromas son sancionadas por la policía de la corrección política.

El relato coral de lo acontecido en una estancia de Entre Ríos encuentra voces que describen cosas distintas para el mismo hecho.

Nada nuevo. La literatura y el cine han hecho obras maestras a partir del mismo hecho contado por diferentes testigos, y todos cuentan cosas diferentes habiendo visto la misma escena.

Así, donde millones vieron una usurpación, el Presidente vio “un proyecto muy interesante de Juan”. Otros vieron una reivindicación de género para una víctima de violencia económica y simbólica. Algunos se pusieron el Granma bajo el brazo y se les piantó un lagrimón.

¿Que dirían, consultadas, las profesoras de Juan en el exclusivo colegio Godspell de la Zona Norte –bilingüe y católico, aclaran en su coqueta página web en inglés-?  “Juan era muy inteligente pero también muy rebelde”, afirmaría seguramente alguna vieja teacher.

El archivo hace su aporte con un latigazo. El video casero muestra a Juan en una clase de “economía popular” o algo así, frente a un auditorio militante e internacional, por lo que se desprende de sus dichos, donde claramente dice que “esto es por plata. No estamos haciendo la revolución”, dejando claro que cada reclamo, cada toma, cada piquete, se arregla con billetes.

Así, lo que es vendido para algunos como una rebelión contra el capital, y para otros como un idílico regreso a lo natural, al autocultivo de alimentos, a la ecología, termina siendo un negocio de canje.

Fácil imaginarlo: la pléyade de universitarios que no se perdieron una sola asamblea, sentada o toma, se sienten agricultores nobles resolviendo el hambre del mundo.

La toma debe haber incluido noches de guitarreada autocelebratoria, cantando canciones de Quilapayún en fogones memorables, con algún porrito comunitario dando vueltas.

Eso sí, a la hora de ir a ordeñar la vaca la militante debe haber preguntado “loco, ¿de dónde sale el sachet acá?”.

Para la memoria del despropósito quedará la huerta a la sombra, con plantines de perejil –por lo menos podrían haber puesto alimentos, no aromáticas- comprados en vivero, o el carnero muerto por falta de alimentos.

Ahí entra el tema de la ignorancia. Para el peronismo el campo es –y siempre lo será- la oligarquía enemiga a la que hay que despojarla de todo, exprimirla, expoliarla, porque siempre estará contra el amado pueblo.

En la realidad, el campo es el sector más dinámico, innovador y competitivo de la economía. Lo sigue siendo aún con la pata en la cabeza de retenciones, cargas impositivas y buenas políticas sectoriales.

Nadie emprende como los chacareros. Nadie arriesga como ellos, ni incorpora tecnología y conocimientos como ellos. Nadie se banca las malas como ellos.

En su cenáculo de cristal con vista al Dique 2 de Puerto Madero, viven añorando una “burguesía nacional” leída en los discursos de Perón, sin darse cuenta que existe y es el agro al que odian, y sus agricultores.

El gran enemigo de este país es la ignorancia. Además, la ignorancia genera fanáticos, los tipos más peligrosos que circulan por el mundo.

Verlos tan cerca del poder hace correr un frío por la espalda.