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Gobernar y no morir en el intento

Da la sensación de que dirigir el destino del país ya no es tan tentador para el que quiere hacerlo honestamente porque nunca sabe cómo va a terminar

17 de julio, 2022 - 10:10

El debate de quién gobierna en la Argentina puede todavía llevar un tiempo siempre y cuando que de un momento a otro el presidente Alberto Fernández se decida a presentar la renuncia al cargo, una acción que está dentro de los carriles institucionales y de ninguna manera significa un acto contrario a la Constitución.

Un acto así pondría blanco sobre negro de quién ejerce el poder político del oficialismo y pondría en sus manos el poder formal del Estado.

Nos referimos claro está a la vicepresidente Cristina Fernández de Kirchner, cuya función, al igual que todos sus predecesores, debería ser la de remplazar al Presidente cuando se ausenta temporalmente por viaje o enfermedad y en el caso de ausencia definitiva sustituirlo hasta el final del mandato para el cual se eligió a la fórmula.

Además, otra función que se le otorga al vicepresidente es la de presidir las sesiones del Senado sin tener el cargo de senador nacional. 

Es decir que en Derecho Constitucional se atribuye a la función una suerte de organismo extra poder, porque la misma persona ocupa funciones ejecutivas o legislativas según sea el caso.

Y eso, si se le busca la vuelta, podría estar reñido con los principios republicanos de división estricta de poderes y funciones, pero es tema para los jurisconsultos.

Pero ocurre que en la Argentina parece que no caben las doctrinas institucionales que perviven en muchos de los países que admiramos como modelos de vida ordenada y sociedades cultas y respetuosas. Acá, eso de que el poder emana del pueblo y es éste el que elige a sus representantes y éstos deben rendir cuentas a quien lo ha elegido.

Esto que parece hoy una utopía algo naif debe tener alguna razón de ser y es por eso que las consecuencias de habernos apartado tanto las sufre toda una sociedad y el daño es cada vez más extenso.

El peronismo, por tradición y origen movimientistaha sido totalizador en cuanto que ha pretendido siempre poner todo el orden de las cosas bajo su supervisión, y los que no responden a ese espíritu de movimiento están fuera del sistema. 

Basta recordar frases tan infelices como “por uno de los nuestros caerán cinco de los de ellos”, o “para los amigos todo, para lo enemigos ni justicia”, las que ahora se han aggiornado con términos como la corporación, el poder concentrado, los medios hegemónicos, las opiniones destituyentes o aquel lejano “…los pueblos van a hacer tronar el escarmiento”. 

Todos ellos términos con mayor o menor carga de violencia pero que transparentan una actitud intolerante con el objetivo de acrecentar y conservar ese poder otorgado temporalmente por el pueblo. 

Claro que desde el poder es frecuente (y esto lo han hecho todos los partidos políticos) olvidarse del origen y de las particularidades y atribuirse el ejercicio y la interpretación de la voluntad popular para obrar en consecuencia.

Sin escarbar mucho en cuáles fueron las intenciones de la designación unipersonal de Alberto Fernández como candidato a presidente en una elección con triunfo casi asegurado, es evidente que el sujeto no cumplió con alguna parte del mandato y no supo manejarse en los términos propios del ese espacio político, la obediencia y la conducción, imprescindibles cualquiera sea la posición en que se esté dentro del movimiento.

Pero todo esto queda de lado en este país de las singularidades. El poder del Presidente ha sido pulverizado y la sucesora no quiere tomarlodespués de haberlo perseguido tanto, justo ahora que le correspondería si Alberto colapsa ante la insostenible situación. 

Cristina ya no va a poder tomar el formato de la que lucha desde el llano contra el poder “real” de un Gabinete que no maneja, o del mundo hostil que solo quiere dominarnos y de sus aliados internos que se ensañan con los pobres. 

Ahora queda un año y medio de mandato y quien lo tenga que ejercer no va a salir indemne, sea Alberto Fernández o Cristina Kirchner.

A tal punto es y seguirá siendo gravísimo el panorama que se cierne, que es difícil comprender y creer en quienes se consideran seguros agraciados del próximo turno presidencial por el solo hecho de la inercia de la decadencia del actual Gobierno. 

Tampoco se sabe por qué no se adelanta un programa político explicado y con la descripción de las recetas. Porque con la declamación y las críticas televisivas, poco se convence.

¿O será que gobernar ya no es tan tentador para el que quiere hacerlo honestamente porque nunca sabe cómo va a terminar?