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Estamos rebasando límites

El oficialismo peronista ha vuelto a poner en debate la hegemonía de los organismos judiciales 

24 de abril, 2022 - 14:04

En los más de 200 años de vida de la Argentina las crisis se han sucedido y los momentos cúlmines en que la disolución parecía inevitable han ido pasando uno tras otro, pero en lugar de someterse a los términos de la dialéctica hegeliana, en lugar de dar a lugar a una etapa superadora, cada salto nos ha hecho retroceder, aunque con una agonía en la aún el fondo no se puede precisar.

Aun cuando somos conscientes de los recursos naturales por su variedad y cantidad deberían ser suficientes para construir una sociedad mucho más justa, equitativa y equilibrada, en la que habría lugar para todos, no hemos podido edificar ese futuro anhelado, posible, pero aún lejano.

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La Argentina facciosa nunca fue capaz de -salvo escasísimos intervalos- consensuar un proyecto en el que se respete al semejante y se le dé a cada uno lo suyo. No se trata de una propuesta naif en un mundo ilusorio en el que la bondad reinará entre nosotros por siempre jamás, se trata de busca el equilibrio para que el que se esfuerce lo suficiente logre alcanzar lo que necesita o más de eso; que el que de alguna manera no puede o no sabe, se le enseñe y se le den las oportunidades; y el que no quiere pues quedará a merced de sus decisiones o indecisiones.

Ha pasado una semana en la que se ha cuestionado la vigencia de algunas instituciones que hacen a la organización del Estado y lo deberían reafirmar en la estructura que ha elegido la ciudadanía para desarrollarse o, si queremos ser más realistas, manejarnos más o menos como lo hacen los países que la pasan un poco mejor que nosotros.

La conformación del Consejo de la Magistratura y la cantidad de integrantes de la Corte Suprema, no solucionan los dramas cotidianos de las personascomo llegar a fin de mes con un plato de comida diario para cada uno de la familia, pagar los servicios públicos, que los chicos vayan a la escuela provistos de los necesario, tener ropa adecuada y que si se llegan a enfermar no agravarse y morir cuando eso es evitable.

La disputa desatada por el oficialismo peronista por mantener alguna hegemonía en los organismos judiciales ha vuelto a poner en el tapete no solamente la supuesta búsqueda de impunidad, sino también la vigencia de un sistema republicano de división de poderes que de alguna manera asegura la vida democrática, de la que tanto se habla, pero poco se conoce de su funcionamiento genuino.

Se le escuchó decir a la Vicepresidente en una de sus habituales arengas, que la división de poderes era un rémora de monarquía surgida de la Revolución Francesa que ya estaba superada. Pues de las tantas revoluciones que acaecieron en la historia del Mundo Occidental, que es en el que nosotros vivimos, lo ocurrido a partir de la toma de la Bastilla, la caída del absolutismo monárquico y la difusión de las ideas del Iluminismo, entre otros hechos, ha regido y mejorado en algo la vida de una buena parte de la humanidad.

En aquel tiempo se entronizaba el individuo como el depositario absoluto de la libertad y de los derechos en contraposición al poder omnímodo del monarca, poseedor del poder de dictar, juzgar y ejecutar la ley. Algo así como la “suma del poder público” algo que nuestra Constitución condena drásticamente y a quienes la otorgan como “infames traidores a la Patria”.

Pero también el ejercicio absoluto de la libertad, sin tener en cuenta los intereses de los semejantes o costa de éstos, generaría un estado de cosas en el que la naturaleza determinaría que solo los más fuertes podrán prevalecer. Y en qué habría de consistir esa fortaleza, no está establecido por ninguna norma superior y es dudoso que la “bondad de los hombres” lo pueda determinar.

Por eso es que las aparentemente obsoletas y alicaídas instituciones republicanas, si alguna vez se respetasen y en su contexto se diera el juego de la democracia, podrían corregir un poco tantos desaguisados. Desde las viejas clases de Instrucción Cívica nos vienen diciendo que los tres poderes del Estado se compensan y controlan entre sí: Ejecutivo, poder administrador, garante del orden público y custodio del ejercicio y goce de los derechos ciudadanos; Legislativo, depositario de la representatividad más directa, generador de las normas del Estado y centro genuino del debate público de las ideas y del control del manejo de la cosa pública; Judicial, en el que se deposita la resolución de los conflictos de toda índole que puedan afectar el interés general o el de los individuos.

Si bien esto parece ser el recitado de un texto del secundario, con el funcionamiento más o menos correcto de lo antes descripto, se podrían sostener los debates para que alguna vez a la Argentina le vaya mejor. Pero hay interesados en que de una u otra manera esto no funciona así, ya sea por ambición desmedida de poder autocrático y despótico, o por una exacerbación anacrónica del ejercicio individualistas de libertades, las que, no por haber sido tanto tiempo avasalladas, deben arrasar con situaciones de desequilibrio y despojar de recursos a quienes no tienen posibilidad de proveérselos por sí mismos.