Por Ciudadano.News
11 Noviembre de 2018 - 12:23
Este domingo, en París, cerca de 70 jefes de Estado conmemorarán el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial.
Líderes de todo el planeta, incluyendo el estadounidense Donald Trump, la alemana Angela Merkel y el español Pedro Sánchez, participarán en las ceremonias presididas por el presidente francés Emmanuel Macron.
Quizá uno de los momentos más significativas será la reunión en el Arco del Triunfo en los Campos Elíseos, donde se encuentra la Tumba del soldado desconocido, que representa a los 10 millones de combatientes muertos en la Primera Guerra Mundial.
Los dirigentes, al final de la jornada, participarán en un Foro internacional por la Paz, cuyo objetivo es promover el multilateralismo, debilitado por las políticas de algunos jefes de Estado.
El mayor drama de la humanidad
El 11 de noviembre de 1918 se puso fin a la mayor sangría perpetrada por la humanidad hasta entonces. Ese día, cien años atrás, un pequeño vagón de tren ubicado en el bosque francés de Compiègne se convirtió en una sala improvisada. En él, Alemania reconoció su derrota ante Francia, Reino Unido y Estados Unidos –la Triple Entente– y firmó el documento que ponía fin a la Gran Guerra.
Tras aquella tragedia humana, cerca de 10 millones de soldados murieron, otros ocho millones desaparecieron y 20 millones resultaron heridos de distinta gravedad.
A la tragedia que supuso la guerra en el campo de batalla habría que sumar la devastación civil. Pero también el hecho de que, tras la firma del armisticio, quedaron atrás sistemas de gobierno y de valores, políticas internacionales y tecnologías, clases sociales y modos de vivir. La Gran Guerra -por aquel entonces pocos pensaban que pudiera haber una Segunda Guerra Mundial- cambió el mundo. Pero no tanto a los hombres.
Alemania fue la mayor pagadora, en todos los sentidos, del conflicto. Y en consecuencia fue la gran damnificada de la guerra que auspició. Si en 1914 era un Imperio, el 9 de noviembre de 1918 se despertó como República, con su emperador, el káiser Guillermo II abdicado y huido y con su territorio fraccionado. La realidad no era muy distinta a la que se vivía en el Imperio Austrohúngaro, desmembrado en varias repúblicas –Checoslovaquia, Polonia, Hungría...- y con su emperador, Carlos, exiliado en Suiza. Una suerte tal vez mejor que la que había corrido la familia real rusa, depuesta en 1917, y el anticipo de lo que ocurriría en el Imperio Otomano, cuyo último sultán, Mehmed VI, caería en 1922.
La Europa imperial y monárquica que se condujo imprudentemente hacia el conflicto fue víctima de sí misma. De las grandes monarquías, solo la británica y la italiana sobrevivieron a la guerra. El mundo había cambiado, los intereses habían cambiado.
“La guerra –reflexionó Churchill años después- se decidió en los primeros veinte días de lucha, y todo lo que pasó después consistió en batallas que, si bien fueron gigantescas y devastadoras, no eran más que llamamientos desesperados y vanos contra la decisión del destino”.
La percepción de la Guerra de las potencias en contienda en el verano de 1914 fue con toda seguridad el punto de partida de los cambios que vendrían años después.
“Los poderes europeos contemplaban una serie de encuentros militares cortos e incisivos, seguidos presumiblemente de un congreso general de los beligerantes en el que confirmarían los resultados militares mediante un arreglo político y diplomático”, señala la historiadora británica Ruth Henig.
Una percepción que coincide con el relato de Los cañones de agosto de Barbara Tuchman, en el que la destrucción causada en el primer mes de guerra sorprende a los países en liza. Su error de cálculo fue no entender que, tras años de observarse mutuamente y pactar en secreto, la guerra no era un medio para llegar a nada, sino un fin en sí mismo.
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