Por Martín Carreras
29 Enero de 2026 - 20:35
Después de tan solo dos fechas de campeonato, Daniel Oldrá fue despedido luego de que Instituto perdiera sus dos partidos. La falta de respaldo es un síntoma del exitismo con el que se vive en nuestro futbol.
Hay que terminar con la idea de que los proyectos son a largo plazo, porque los técnicos duran siempre y cuando la pelota entre en el arco. Por esa razón el análisis de los dirigentes del trabajo de los cuerpos técnicos es inexistente, la mirada solo es positiva si ganan encuentros.
No hay lógica, hay apuro. Se manejan de manera demagógica, muchas veces para la tribuna intentando complacer la mirada del hincha.
Muchas veces el periodismo colabora con la histeria, porque prefieren el título incendiario antes que el contexto. Se dejó de analizar el juego, solo el marcador. También las redes sociales se convirtieron en tribunales, donde cualquiera dicta sentencia sin pruebas, sin matices y sin memoria.
Los simpatizantes tienen su lugar de privilegio en esta historia, ya que la intolerancia que impera en las tribunas está presente desde la primera jornada de un campeonato. Los murmullos, los silbidos y los cantos de guerra no colaboran con el desempeño de los equipos.
Lo peor es que se duda de todo: un penal mal cobrado no es un error: es una conspiración contra determinado equipo. Un jugador que falla un gol o un pase no necesita tiempo, necesita irse. El margen para equivocarse es cero, pero el margen para agredir es infinito.
¿El resultado? Un fútbol empobrecido. Porque sin tolerancia no hay procesos, y sin procesos no hay proyectos. Porque nadie se anima a construir cuando sabe que el primer tropiezo será el último. Porque se juega para sobrevivir, no para crecer.
Lo más grave es que esta lógica ya no distingue categorías ni camisetas. Desde Primera hasta el ascenso, desde el club más grande hasta el más chico, todos están atrapados en la misma rueda: ganar como sea. Y si no se gana, buscar un culpable en el otro, sin hacerse cargo nunca de las malas decisiones.
Cada vez se entiende menos el juego. Se pide espectáculo, pero se castiga el error. Se exige identidad, pero no se soporta el tiempo que lleva construirla. Se reclama seriedad, pero se festeja el caos.
Mientras la intolerancia siga siendo la regla, el fútbol seguirá siendo rehén de su propio enojo. Tal vez sea hora de bajar un cambio con la impaciencia. Será difícil porque la pasión con la que vivimos es única y nos represente a lo largo del mundo.
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