Por Hugo Fernando Videla
25 Febrero de 2025 - 17:11
Corría el año 1817 y Don José se preparaba para el partido más difícil de su carrera. No era una final de Libertadores, pero casi. Cruzar Los Andes era como visitar el Maracaná en una noche de Copa: clima hostil, público en contra y piernas pesadas.
—Muchachos, esto es como jugar en la altura de La Paz, pero sin árbitro que nos ayude —dijo Don José en la arenga previa. Y claro, no existía el VAR, ni siquiera el ferrocarril.
El equipo estaba listo. Belgrano, desde Buenos Aires, enviaba aliento como si fuera un hincha pegado a la radio AM. Güemes, con sus gauchos, jugaba de líbero cubriendo los ataques rivales. Y Don José, el gran capitán, tomaba la espada y la pelota con la misma seriedad.
La Libertadores de América no tenía trofeo de metal, sino la promesa de una Sudamérica sin dominación. Cada batalla era un partido de visitante, y cada victoria, un gol agónico en tiempo suplementario. Primero Chile, después Perú.
Cuando en Maipú liquidaron a los realistas, Don José corrió con la bandera en su mano y gritó:
—¡Vamos, carajo! ¡Lo dimos vuelta!
Mientras tanto, en España no entendían cómo habían perdido. Para ellos, Don José era un número 10 habilidoso que dejaba rivales en el camino con gambetas estratégicas. Un Maradona de la guerra, un Messi de la independencia.
Después de liberar medio continente, Don José decidió retirarse. No quería ser DT ni dirigente. Su sueño era descansar en paz, sin periodistas preguntándole por su futuro. Se fue a Francia como quien deja el fútbol argentino para jugar en una liga sin presiones.
Años después, en cada cancha donde un equipo llamado como él salía a jugar, su espíritu se sentía en el aire. San Martín de Mendoza, San Martín de Tucumán, San Martín de San Juan... Todos con la misma consigna: luchar hasta el final, como aquel equipo libertador que supo ganar la Copa más importante de la historia.
Hoy, como en cada 25 de febrero, los hinchas de la patria deberían recordar a aquel capitán que jugó sus batallas como finales y que nunca se dejó amedrentar, ni por un virrey ni por una patada de último recurso.
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