Por Hugo Fernando Videla
4 Junio de 2025 - 16:59
Rosario es una ciudad maravillosa. Parió a Fito Páez, a Lionel Messi, a Marcelo Bielsa, a Angelito Di María. Tiene dos clubes que no solamente son grandes por historia, sino porque arrastran hinchadas que respiran fútbol como en ninguna otra parte. Pero hay algo enfermo, algo denso, algo que hace que el clásico haya dejado de ser una fiesta. Y esa enfermedad, una vez más, la pagaron los chicos.
Seis nenes de nueve años de edad fueron "licenciados" por tres meses en Newell's. No robaron. No insultaron. No hicieron trampa. Solo se sacaron una foto con Ignacio Malcorra, jugador de Rosario Central, después de un partido.
La imagen se viralizó, como todo lo que pasa en la actualidad, y empezó la locura. Primero fueron los murmullos de hinchas. Después, las amenazas. Y ahí apareció el club, con su "medida ejemplificadora": dejarlos sin jugar, sin entrenar.
La dirigencia dice que fue para "cuidarlos", porque habían recibido mensajes intimidantes. Pero entonces, ¿el problema son los nenes o los violentos? ¿Vamos a castigar al que sonríe por miedo al que grita? ¿Vamos a enseñar que lo correcto es esconderse, no mostrarse, no mezclar camisetas, no cruzar la calle?
En ningún lugar del país (y del mundo) se vive un clásico como en Rosario. La previa se mastica con bronca. No se duerme la noche anterior. Pero hace rato que esa intensidad dejó de ser mística y se volvió trinchera. Una foto no debería ser un acto político. Pero acá lo es. Y eso es tristísimo.
Marcelo Bielsa, el mayor símbolo del club, lo dejó en claro mil veces: primero se forman personas. Después, jugadores. La pasión se celebra, pero el fanatismo estúpido, ese que enseña a odiar al otro, ese que convierte al rival en enemigo, ese es veneno. Y hoy, ese veneno lo están tomando los más chicos. Ciudad de pobres corazones.
No importa si lo decidieron con los padres. No importa si fue por protección. Lo que importa es el mensaje: en Rosario, un nene no puede sonreír con la camiseta equivocada. Lo que importa es que seis pibes aprendieron que la pasión pesa más que la alegría. Que el escudo importa más que la infancia.
El club debe recapacitar. No puede seguir gobernado por el miedo ni por el qué dirán. No se puede tolerar que los barras decidan la pedagogía. No se puede aceptar que un hincha pida "expulsión" por una foto y que la institución lo tome en serio.
Si queremos un fútbol mejor, una sociedad mejor, tenemos que aprender a convivir con el otro. Y eso se enseña desde chicos, con gestos, no con castigos.
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