Por Hugo Fernando Videla
28 Julio de 2025 - 19:27
La historia de Emanuel Ginóbili no se explica con lógica. Es más fácil hablar de un milagro. Porque no hay una estructura nacional que sostenga una carrera como la suya, no hay inversión sistemática ni planificación deportiva a largo plazo. Y sin embargo, ahí está su leyenda: 16 temporadas en la NBA, 4 anillos, más de 14 mil puntos en tierras de gigantes, una Euroliga, una Liga italiana y un oro olímpico.
Lo ganó todo. De Bahía Blanca al Salón de la Fama. De los gimnasios sin calefacción al centro del universo del básquetbol. Lo de Manu es el gran milagro del deporte argentino.
Y es que Ginóbili nació en un país donde el básquet es más una pasión de nicho que una prioridad. Un deporte hermoso, pero deficitario, con clubes que luchan por subsistir con dirigentes que hacen malabares para pagar sueldos e hinchas y socios que hacen rifas, venden panchos y todo lo que sea necesaria para que el club siga de pie.
Una madre que lleva a su hijo en bondi, un papá que paga la cuota del club antes que otra cosa y entrenadores en formativas que van a trabajar por vacación y no por el dinero (si es que hay), también es parte de un panorama que muchos no quieren ver, pero después reclaman cuando el deporte nacional no consigue medallas cada cuatro años en los Juegos Olímpicos.
En ese contexto tan precario, que haya surgido un jugador que no solo compitió en la NBA, sino que además brilló e impuso su estilo, es sencillamente extraordinario.
Manu fue el más argentino de los argentinos en la NBA, con todo lo que eso implica: el engaño, la rebeldía, el esfuerzo, el sentido colectivo, el amor por la camiseta, el juego solidario. No se "americanizó" para encajar. Llevó el básquet FIBA a la cuna del show y puso de moda el eurostep para ganarse el corazón de los Spurs y, principalmente, el de Gregg Popovich.
Nunca vendió humo. No necesitó escándalos para ser noticia. Nunca creyó que estaba por encima del equipo. Y por eso fue admirado por compañeros, rivales, entrenadores y fanáticos de todos los países. En un mundo donde a veces el éxito parece estar hecho de gritos y selfies, Ginóbili fue contracultura.
Hoy cumple 48 años el gran milagro del deporte argentino. Y si bien es cierto que no juega más, su legado sigue vigente. Está en cada pibe que hace una finta en una cancha de baldosa o cemento. En cada padre que le muestra videos de San Antonio Spurs a sus hijos. Está en la memoria de los que lloraron de alegría en Atenas 2004 y en los que lloraron de tristeza pero de pie, tras su retiro en Río 2016.
Manu es un fenómeno argentino irrepetible. Un tipo que nos enseñó que se puede ser gigante sin ser el más alto, que se puede brillar sin buscar el centro del escenario, que se puede dejar huella sin pisar cabezas.
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