Por Fernando Montaña
30 Octubre de 2024 - 18:25
Érase el partido entre los Maradonas que no fueron; los portadores del lugar común; aquello "de que hicieron goles y jugadas que el Diego jamás anotó". Que gambetearon mucho más que el propio Pelusa en el dícese, más que en el haber.
La teoría del conjunto que escuchó -y padeció la presión- que el Diego era un poroto al lado de ellos.
Y seguro que allí en las canchitas del barrio, en el potrero o en el fútbol de provincias había uno mejor que Maradona, no descubierto. Y oh, casualmente, eran numerosos los testigos para ver y contar lo incomprobable.
Los teólogos en Maradonología tienen sus teorías al respecto. Desde que muchos abrazaron la causa de tentarse con querer ser más diez que el mismísimo diez, por profesión de fe o por defecto.
De que algunos solo juraban hipocráticamente defender el buen juego del Diego sobre el antiguo testamento de Fiorito, el Cebollita cantar de los cantares, pero no sobre los evangelios con los milagros de la Paternal Judea, la Jerusalén mexicana teñida de albiceleste y mucho menos sobre el apocalipsis de un deprimente 25 noviembre. Profetas puede haber muchos, pero solo un Dios.
Y allí estaban todos juntos en una tarde los Maradonas que pudieron ser. Los que fueron bendecidos con el mote del nuevo Maradó.

Como el Monito Zárate, crack de All Boys y Newell's, uno de los primeros que recibió el sambenito; también Angelito Hoyitos con la cinta de capitán que recibió del Diego en el vestuario triunfante del Juvenil campeón en Japón 79. El flaco de la Colonia Junín que hacía goles colosales según dicen los esteños.
El crack de Real del Padre que los lugareños dijeron que era mejor que Maradó. El mago de Villa Pueyrredón, el hechicero del Zanjón de los ciruelos, el astrito de cuando el actual barrio era entonces baldío y a su alrededor todo esto era viña...
Y González, el niño bien de Rivadavia que con 11 años cantó debut en un Torneo Regional...
El Angelito Talaguirre, mi amigo de la infancia en el barrio Belgrano...
Carlovich ¡el Trinche! Quien, aunque niegue el hábito de ser partícipe necesario de cientos de caños de ida y vuelta, también leyó alguna vez que era mejor que el Diego. Hasta el propio D10s lo dijo cuando lo presentaron como nuevo jugador de Newell's.
La Maradona Rubia que amenizaba con sus payanitas en el Speedway de la Mendoza ochentosa y el ensortijado Diez del puerto de Valparaíso, también estaban esa tarde para el partido entre los "Maradonas".
Y Silvio Rivero, el pibe que imprevistamente tuvo que reemplazar al Diego en un partido de verano en Mendoza. También Damián Piojo Manso estuvo... O el Cañito Ibagaza. Y sus hermanos Lalo y Hugo.

Y jugó hasta Messi, que lo querían Maradona, pero fue Lio, capitán y campeón. Como Maradona, claro.
Y estaba Ella. Sarita Connor, la más Pelusa de todas. La que la descosía como nadie y por la cual caímos rendido a sus pies en las divididas y en el toque para armar juego. La capitana que alejaba los demonios de mil camisetas. La 10 en la vida de los Flacos soñadores.
Y también estaba el Diego en el algoritmo de la Inteligencia Artificial, aunque justo cuando estaba por convertir un golazo se cortara la luz...
Y así fue nomás el partido entre todos los Maradonas que no fueron o mejor dicho entre quienes aun amando a D10s, gambeteaban constantemente la sombra del apelativo, de la comparación y tan solo querían jugar.
En ese templo rectangular de Villa Fiorito, adonde se juntaron, hubo goles que honraron la casaca Diez de todos los tiempos.

Fue atípico, porque no había marcas, todos se defendían con la pelota.
Perdí la cuenta del resultado. Creánme que en este caso era lo de menos; lo importante era que los arcos no daban crédito ni abasto al juego observado, que hubo goles de fintas; otros luego de dejar tendales, también de piernas cortadas, de equivocarse y pagar, de paradojas, de manos de Dios.
Y goles de lástimas a nadie, maestro; de gorditos que no podían jugar al fútbol, de tortugas que se escapaban, de Segurolas y Habanas, de LTA, de emborrachados con dos copas, de pelotas que no se manchan...
Aunque no lo crean el partido de los y las Maradonas -lo digo entre comillas- se jugó y se sigue jugando en la memoria del siglo.
Allí donde alguien nace y alguien muere. Allí donde todo decanta y todo resurge. En donde la pelota es el juguete rabioso de tantos niños y tantas niñas. En donde hay devoción por la redonda, el gran legado de Diego Armando.
Donde nada es y todo sigue siendo posible. Un juego y un mundo más solidario. Un terreno con pibes que desayunen, almuercen y cenen y abuelos que les alcance la jubilación para comer, comprarse remedios y viajar.
El derecho de jugar y vivir en paz. De Diez para Diez...
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