Por Hugo Fernando Videla
25 Noviembre de 2024 - 01:26
Mirá que lo intenté. Hice fuerza, busqué en lo más profundo de mi ser, pero no te pude llorar.
Siempre fuiste mi ídolo futbolístico, el superhéroe de carne y hueso, el que se equivocaba tanto o más como cualquier humano.
Fuiste el que defendió los colores de mi bandera como pocos a lo largo de la historia. El que nos hizo conocer en el mundo. El que logró todo, a pesar de que no tenía nada. El que los meritócratas defenestraron una y otra vez, sin haber vivido el 1% de lo que vos pasaste.
Y ahí estás vos, nuevamente, como casi siempre siendo noticia.
Es 25 de noviembre de 2020, la mayoría de los argentinos almuerza, encerrados en casa desde el 20 de marzo último. El aire está más triste que de costumbre y no hay, todavía, vacuna que nos quite esa sensación.
Pero por un minuto las noticias no tienen a la pandemia como centro de la escena. Se vuelve a hablar de vos. Y las caras de los periodistas son preocupantes. Sienten que esta vez no habrá milagro. El tipo que tantas veces gambeteó a la muerte, parece que hoy no podrá.
Pero claro, en la vida, al igual que en el fútbol, es difícil ganar con una individualidad. Casi siempre necesitamos de un equipo en quien apoyarnos, en quien resguardarnos cuando el partido viene torcido. Y a todos nos da la sensación de que tu último equipo no está a la altura, estás solo y no sabes en quien confiar.
Siento que es hoy, pero no, fue aquel fatídico 2020. Y a pesar de que quise, no te pude llorar y estoy seguro, Diego, que me vas a entender.
21 días antes de tu partida, fue el turno de la persona más importante de mi vida. La que me cuidó cuando era pequeño e indefenso, la que me mimó cuando lo necesité y la que me aguantó en los días más oscuros.
Y al igual que vos, se fue pronto, con tan solo dos años más que vos. ¿Entendés, Diego? Claro que lo entendés, si lo viviste en carne propia.
Sentiste el mismo dolor, la misma angustia, el mismo vacío. Si hasta en una de tus últimas entrevistas confesaste que darías todo lo que tenés por verla otra vez con vida.
Intenté llorarte, pero no pude. Y no porque no quisiera, sino porque no tenía más lágrimas. Las gasté todas. Mis ojos se convirtieron en dos desiertos. Y aunque alguna que otra lluvia pase de manera esporádica, ninguna se asemeja al diluvio de aquel noviembre de 2020.
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